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Por: Tim Challies

Cuenta la leyenda que un anciano humilde quería hacer el bien a los demás, pero no recibir elogios de ellos. Así que escribió cartas de bendición, epístolas de aliento, las metió en botellas y las dejó flotar en los mares, donde, con el poder del viento y de las olas, recorrieron el mundo, alegrando muchos corazones tristes, levantando muchas manos desfallecidas, fortaleciendo muchas rodillas debilitadas.

Al igual que aquel anciano, cada uno de nosotros puede dar fe de la naturaleza engañosa de nuestro propio corazón cuando se trata de hacer el bien. Nuestros corazones son tan retorcidos y malvados que el bien que hacemos a los demás a veces está en realidad diseñado para beneficiarnos a nosotros mismos. Damos nuestro dinero para que otros hablen de nuestra generosidad; damos nuestro tiempo para que otros nos honren; invitamos a la gente a nuestras casas para que se jacten de nuestras posesiones lujosas. Los sabios de este mundo aprenden a desconfiar de sus propios corazones, de sus propios motivos, de sus propias acciones.

Jesús se refirió a esta tentación en su época. Habló de aquellos que aman dar generosamente a la obra del Señor, pero lo hacen solo con gran fanfarria, con gran publicidad, al son de fuertes trompetas. Habló de otros que aman orar, pero solo en público, solo en las esquinas de las calles, solo donde puedan ser vistos y honrados por todos los transeúntes. A esas personas les dijo que es mucho mejor dar y orar en secreto, porque entonces recibirán las bendiciones que Dios dispensa en secreto. Pero si dan y oran solo para ser vistos y afirmados por el público, esa afirmación pública y fugaz es toda la bendición que recibirán ahora y en la eternidad.

Así, pues, el bien que hacemos a los demás debe hacerse en secreto, en la medida de lo posible. Un millón de dólares impreso en un cheque de gran tamaño y exhibido ante la prensa tiene mucho menos valor a los ojos de Dios que cien dólares dados en secreto. Un regalo generoso no es un regalo en absoluto si su propósito es mejorar la reputación del dador. La ofrenda de la viuda es un gran tesoro cuando se da en secreto por los motivos más puros. De la misma manera, las mejores de nuestras oraciones son las que pronunciamos en silencio en nuestros aposentos, y que solo nosotros y el Dios que escucha las conocemos. La oración privada más sencilla, pronunciada desde lo más profundo de un corazón quebrantado y contrito es mucho más preciosa que la oración pública más elocuente pronunciada desde un corazón orgulloso. Dios pesa el corazón antes que el regalo o las palabras.

Y así como hacemos bien en mantener en secreto nuestras buenas acciones para los demás, hacemos bien en mantenerlas en secreto para nosotros mismos. Al menos, hacemos bien en pensar en nuestra justicia pasada con la misma cautela que en nuestras transgresiones pasadas, porque ambas pueden debilitarnos, ambas pueden llevarnos por mal camino, ambas pueden invitarnos a ser definidos por lo que hemos hecho, no por lo que hacemos. Vivimos en el presente, no en el pasado. El hombre de hoy gana poco al reflexionar profundamente sobre las buenas o malas acciones del hombre de días pasados. Gana mucho cuando vuelve su atención al día que tiene por delante, para considerar no cómo fue una bendición ayer, sino cómo puede ser una bendición hoy. Porque cada día trae sus deberes, cada día sus nuevas oportunidades para dar, orar, bendecir, hacer. La generosidad de ayer no llenará la carencia de hoy ni las oraciones de ayer consolarán el dolor de hoy. El que hoy tiene hambre no puede saciarse con el pan de ayer, ni el que hoy gime con la intercesión de ayer.

Nuestro llamado no es el de acumular buenas obras, ni el de amontonarlas y contarlas como un avaro con su dinero. Más bien, es el de hacer el bien con liberalidad y generosidad, y dejar la contabilidad a Dios, pues es Él quien promete recordar cada palabra, cada acción, cada oración, cada don. Podemos y debemos olvidar rápidamente y confiarlo todo a Él, pues Él es quien lleva un registro perfecto.

El agricultor esparce su semilla en los primeros días cálidos de la primavera, luego se levanta, se acuesta y se dedica a sus quehaceres, confiando en que la semilla brotará y crecerá. Puede que no conozca todo el proceso que lleva de la germinación a la maduración, pero lo confía a Dios y a los misterios que ha incorporado a su mundo. Y, en efecto, la tierra produce primero la hierba, luego la espiga, luego el grano lleno en la espiga, y luego llega el tiempo de la cosecha. De la misma manera, esparcimos la semilla de nuestras buenas obras, luego la dejamos todo en manos de los misterios de Dios, confiando en que él la hará madurar por completo, que cosechará una gran cosecha de gloria para su nombre.

Este artículo se publicó originalmente en Challies.

*Tim Challies es esposo de Aileen y padre de tres niños. Sirve como pastor en Grace Fellowship Church en Toronto, Ontario dónde principalmente se desempeña en el discipulado y como mentor. Es un escritor de reseñas de libros para WORLD magazine, co-fundador de Cruciform Press y fundador del reconocido blog Challies.com.


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