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Por: R. C. Sproul.

Este artículo forma parte de la serie «Qué buena pregunta«

Estoy asumiendo que esta pregunta significa ¿Cómo podemos obtener resultados más efectivos a partir de las oraciones que traemos ante el Padre? Creo que encontramos algunas pistas en el Nuevo Testamento. La primera es que “no tenemos lo que deseamos porque no se lo pedimos a Dios” o porque pedimos equivocadamente (St. 4:2-3). Se nos dice que Dios da gracia a los humildes mientras que resiste a los soberbios. Eso me dice que cuando venimos ante Dios en oración, como señala la Escritura más extensamente en muchos pasajes, debemos venir en una actitud adecuada. La oración es uno de los momentos de adoración más profundos que experimenta un individuo. Creo que, con el fin de experimentar la actitud adecuada en la cual venimos ante Dios, debemos recordar quién es aquel a quien le estamos hablando. Debemos ser agudamente conscientes de quién es Dios.

En una oportunidad, Martín Lutero respondió una pregunta similar. La gente estaba frustrada porque no recibía las respuestas que quería a sus oraciones. Veían a Dios como una especie de servidor cósmico que trabajaba veinticuatro horas al día para satisfacer cada deseo y antojo que presentaran ante él. Al aconsejar a su parroquia, Lutero dijo: “Dejen que Dios sea Dios.” Esa es la actitud que debemos tener cuando acudimos a Dios en oración. Recordar quién es él, y dejarlo ser Dios. Él es el que tiene el poder.

Debemos también recordar quiénes somos nosotros. Cuando oramos, deseamos poder presentarnos ante Dios como nuestro Padre y llamarlo “Abba,” tal como el Espíritu nos permite hacerlo. Debemos acudir valientemente ante el trono de gracia, pero nunca de manera arrogante. En un sentido, los cristianos modernos actuamos casi con demasiada familiaridad al hablar con Dios en oración, como si fuera un compadre. Yo, por lo menos, soy lo suficientemente anticuado como para apreciar el viejo lenguaje castizo, las antiguas formas que existían en el lenguaje para dirigirse a alguien. Tenemos que recordar siempre el espíritu de temor y reverencia con el cual debemos acudir a Dios. Creo que si venimos en la actitud correcta, buscando fervorosamente ser obedientes a él, podemos esperar que las cosas sucedan.

Tomado de ¡Qué buena pregunta! Copyright © 1996 por R.C. Sproul.  


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