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Por: Charles Stanley

«Si crees, verás la gloria de Dios». JUAN 11.40

Cuando busca desesperadamente ayuda y dirección, el silencio de Dios puede parecerle descorazonador. Se pregunta si Él le habrá olvidado, o si en realidad usted le importa.

Seguramente, mientras Marta y María esperaban que su querido amigo Jesús respondiera a sus ruegos, se sentían cada vez más desesperadas. Su hermano, Lázaro, estaba muriéndose y sabían que Jesús fácilmente podía sanarlo. Si Jesús respondía a tiempo, seguro Lázaro estaría bien. No obstante, Jesús se demoró. Y Lázaro murió.

Sin embargo, no piense que la demora fue porque Jesús no los amaba. Los amaba. Pero cuando finalmente llegó, Él usó la oportunidad para glorificar al Padre y profundizar la fe de ellos al resucitar a Lázaro de entre los muertos (Juan 11.1–45).

De manera similar, el silencio de Dios con usted no es para descorazonarlo, sino para llevarlo a un nuevo nivel de intimidad con Él. Así que no se desespere ni peque. Siga buscándolo apasionadamente, sabiendo que Él le responderá y recompensará su intenso deseo de buscar su voluntad con una revelación mayor de su carácter que la que usted había conocido hasta entonces.

Jesús, confiaré aunque guardes silencio. Quiero tu voluntad más que cualquier otra cosa. Amén.


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