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Por: Tim Challies

Mucho de lo que experimentamos en esta vida es muy pesado. Muchas de las cargas que Dios nos llama a llevar son tan tremendamente pesadas que amenazan con hacernos polvo. Llevamos el peso de nuestro propio pecado y depravación, la vergüenza de hacer el mal y el dolor de no hacer el bien. Soportamos el peso del pecado y la depravación de otras personas que nos hieren y dañan, a veces intencionadamente y otras sin darse cuenta. Soportamos el peso de las aflicciones y las pérdidas, de las enfermedades y las penas, de los cuerpos enfermos y las mentes debilitadas, de las relaciones rotas y los sueños destrozados. Todos nos tambaleamos a veces bajo el peso de todo lo que se nos ha hecho cargar sobre nuestros débiles hombros.

En esos momentos es cuando nos dirigimos a Dios en busca de ayuda, cuando invocamos sus preciosas promesas para sostenernos y elevarnos. Una de las mejores de ellas es esta: “Echa sobre Jehová tu carga y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo” (Salmo 55:22). Cuando estamos muy agobiados, debemos tomar una acción específica: arrojar nuestras cargas sobre el Señor. Debemos traerlas ante Él y suplicarle que nos ayude. Y entonces cerramos los ojos y oramos o alzamos los ojos y clamamos por su ayuda, su asistencia, su liberación.

Lo que queremos, sin duda, es que Dios nos los quite. Queremos que Él levante la cruz de nuestros hombros, que limpie el dolor de nuestros corazones, que quite el dolor de nuestros cuerpos, que alivie el tormento de nuestras mentes, que expulse a los enemigos de nuestras vidas. Queremos que Él tome esa carga y la aleje tan lejos como el este del oeste, tan lejos como el cielo de la tierra, tan lejos como el Everest está de las profundidades de la Fosa de las Marianas. Pero tenemos que revisar nuestras expectativas, porque esa no es la promesa que nos hace.

La promesa de Dios no es que nos quitará la carga, sino que nos sostendrá mientras la llevamos. La promesa de Dios no es que nos librará de lo que nos aflige -no todavía, al menos-, sino que nos permitirá llevarlo durante el tiempo que Él considere oportuno. La promesa de Dios no es que nos quitará esa carga, sino que nos sostendrá para que no tengamos que temer tropezar o caer. Con el apoyo de Dios, no tenemos por qué temer que socavemos la obra que él se propone realizar o que no seamos fieles hasta el final.

Porque el hecho es que puede ser que Dios tenga propósitos que cumplir en nosotros que requieran que llevemos nuestra carga un poco más de tiempo o que tenga propósitos que cumplir a través de nosotros que requieran que llevemos nuestra carga mucho más tiempo. Gran parte del trabajo que Dios lleva a cabo en este mundo es un trabajo que nos lleva a través del dolor, a través de las penas, a través de la persecución, a través de todo tipo de valles profundos y oscuros.

Puede ser bueno y correcto a los ojos de Dios, que la infertilidad dure mucho más de lo que deseas, esperas y oras. Puede estar, de acuerdo con sus propósitos, que las oraciones por la salvación de tu cónyuge o hijo parezcan quedar sin respuesta durante muchos más años o décadas. Puede ser coherente con su sabiduría que la curación no llegue, que la nube no se levante, que el alivio esté todavía a muchos meses de distancia. Puede que tengas que soportar estas cosas hasta el final. Pero en cualquier caso, puedes estar absolutamente seguro de que Dios te sostendrá. No solo te sostendrá, sino que te bendecirá y mejorará a través de tu obediencia tenaz y fiel, generando resistencia a través de tu sufrimiento, carácter a través de tu resistencia y esperanza a través de tu carácter, a medida que te vaya conformando a la imagen de su Hijo (Romanos 5:3-5).

Este artículo se publicó originalmente en Challies.

*Tim Challies es esposo de Aileen y padre de tres niños. Sirve como pastor en Grace Fellowship Church en Toronto, Ontario dónde principalmente se desempeña en el discipulado y como mentor. Es un escritor de reseñas de libros para WORLD magazine, co-fundador de Cruciform Press y fundador del reconocido blog Challies.com.


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