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Por: Miguel Núñez

Este artículo forma parte de la serie «95 tesis para la iglesia de hoy» del Pastor Miguel Núñez

Basada en Juan 16:14

Estamos viviendo en una época en que Cristo no está presente en cuerpo con nosotros, porque Él nos envió el Consolador, el Espíritu Santo, que hoy mora en el interior de nosotros y mora en medio de Su iglesia. Muchos, sobre todo en ciertos círculos, le han dado al Espíritu Santo una preponderancia que muchas veces opaca el rol de Cristo, y eso no es algo que el mismo Espíritu aprobaría. Cristo dijo a Sus discípulos, refiriéndose al Espíritu Santo: “Él me glorificará, porque tomará de lo Mío y os lo hará saber” (Juan 14:6).

Muchos, en nuestra generación, atribuyen al Espíritu Santo cosas que con frecuencia pudieran ofender al mismo Espíritu. En algunas iglesias se canta por un largo tiempo invocando al Espíritu para que venga y se haga presente, como si Él no estuviera presente en el corazón de cada creyente. O como si tuviéramos que invocar Su presencia, como los profetas invocaron a sus dioses en el monte Carmelo. En otros casos, se “profetiza por medio del Espíritu.”

Otros declaran sanaciones por medio del Espíritu que luego se prueba que nunca ocurrieron. Creo que esas iglesias con frecuencia ofenden al Espíritu Santo cuando le atribuyen cosas que Él nunca hizo. Sería el equivalente, en cierta forma, a usar el nombre de Dios en vano. La prohibición de usar el nombre de Dios en

nombre de Dios en vano. La prohibición de usar el nombre de Dios en vano tenía que ver con la idea de no vaciar el nombre de Dios de su contenido. De esa misma forma, cuando atribuimos una obra al Espíritu, que quizás es de la carne, que aun quizás es del mundo de las tinieblas, estamos vaciando de contenido el nombre del Espíritu Santo y vaciando de contenido la obra del Espíritu. Por tanto, esta tergiversación del rol del Espíritu de Dios es algo que la iglesia de hoy en día necesita corregir urgentemente.


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