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Por: Norman Geisler

Este artículo forma parte de la serie: Respuestas a las sectas

JUAN 6.53b: ¿Hacen bien los católicos al adorar la ―Hostia Consagrada-  en la misa, o se trata de una forma de idolatría?

TERGIVERSACIÓN: Ya que los católicos creen que los elementos de la comunión se transforman en el mismísimo cuerpo y la mismísima sangre de Cristo, es apropiado adorar a las hostias consagradas. El concilio de Trento declaró enérgicamente que ―no cabe, por tanto, duda de que todos los fieles de Cristo… ofrecen en veneración… la adoración de latría que se le debe al verdadero Dios, a este Santísimo Sacramento – (Denzinger, no. 878, p. 268). El razonamiento que apoya eso es que, ya que Cristo en su forma humana es Dios y, por tanto, es apropiado adorarlo (p. ej., Jn 20.28), y ya que en la misa el pan y el vino se transforman en el mismísimo cuerpo y la mismísima sangre de Cristo, no hay razón que no se deba adorar a este sacramento como a Dios.

CORRECCIÓN DE LA TERGIVERSACIÓN: Muchos protestantes creen que esta es una forma de idolatría. Involucra la adoración de algo que los sentidos dados por Dios de cada ser humano normal le dicen ser una creación finita de Dios, a saber, pan y vino. Se trata de adorar a Dios en una imagen física, una forma de adoración que está claramente prohibida en los Diez Mandamientos (Ex 20.4).

Además, recurrir a alguna clase de presencia ubicua del cuerpo de Cristo u omnipresencia de Cristo como Dios en la hostia no resuelve el cargo de idolatría. La idea de que los elementos eucarísticos son solo la ―ropa fortuita- en la cual Cristo está de alguna manera ubicado es la misma clase de argumento mediante el cual los paganos han justificado la adoración de piedras o estatuas. Dios está presente en todas partes, incluso en sus objetos de adoración. Ningún pagano animista realmente adora a la piedra, sino al espíritu que la anima.

Afirmar que la hostia consagrada es cualquier cosa más que una creación finita, socava la misma base epistemológica mediante la cual podemos saber cualquier cosa en el mundo empírico. También socava, indirectamente, la base histórica del apoyo a la verdad acerca del Cristo encarnado, su muerte y su resurrección. Si no se puede confiar en los sentidos cuando experimentan los elementos de la comunión, los apóstoles no habrían podido verificar la afirmación de Cristo de haber resucitado. Jesús dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy. Palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo- (Le 24.39, cursivas añadidas; cf. Jn 20.27). Juan dijo de Cristo que era ―Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos- (1 Jn 1.1, cursivas añadidas).

Se dice que ocurre un milagro cada vez que el sacerdote consagra la hostia, pero la misa no da indicios de lo milagroso. Afirmar que la misa entraña lo milagroso cuando no hay indicios de lo milagroso hace irrelevante la manera normal y natural de observar las cosas. Usando la misma clase de razonamiento que los católicos emplean para justificar la aseveración de que una sustancia material invisible milagrosamente sustituye las señales empíricamente obvias de pan y vino podría justificar la creencia en San Nicolás durante la Navidad, o que un duendecillo invisible mueve las manecillas de un reloj.  

Literalmente son tonterías. No es sensato, aunque su objeto es un cuerpo palpable (es decir, físico). Filosóficamente, es un suceso empíricamente incognoscible en el mundo empírico. Y teológicamente, es una cuestión de pura fe. Uno debe creer simplemente en lo que dice el Magisterio docente, a saber, que la hostia es en realidad el cuerpo de Jesús, aunque los sentidos humanos revelan que no es así.

Si la misa es un milagro, prácticamente cualquier suceso natural y empírico también podría ser un milagro. Pero si eso es cierto, nada es un milagro, ya que nada es excepcional. Por consiguiente, afirmar que la misa es un milagro socava la naturaleza misma de los milagros, por los menos como sucesos especiales que tienen valor apologético.

Es inútil que los apologistas católicos recurran a apariciones divinas especiales (teofanías) en un intento por evitar estas críticas. Pues hay una diferencia muy importante que pasan por alto: cuando Dios mismo aparece en forma finita, es una aparición milagrosa obvia. Uno sabe claramente que no se trata de un suceso normal. Hay manifestaciones sobrenaturales, voces, profecías o sucesos raros en la naturaleza relacionados con la aparición (cf. Ex 3.1 – 4.17). No se asocian tales sucesos con la misa. En Afecto, en ninguna parte del Nuevo Testamento se emplean las palabras normales para milagros (señal, prodigio, poder) al hablar de la comunión. No hay ningún indicio en absoluto de que se trate de cualquier cosa más que un suceso natural con elementos naturales sobre las cuales Cristo pone bendiciones espirituales especiales cuando ―recordamos- su muerte (1 Co 11.25).

El Dr. Norman Geisler es autor o coautor de unos cincuenta libros y centenares de artículos. Él ha enseñado en la universidad y a nivel de graduados por cuarenta y tres años. Ha dado conferencias y presentado debates en cincuenta estados y en veinticinco países de seis continentes. 


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