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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

Ya que tu posición ante Dios no está basada en tu justicia, sino en la de Cristo, en los momentos de fracaso puedes correr hacia Él, en vez de huir de Él.

Eso es lo que somos. Todos somos unos fracasados. Acéptalo; es bueno para ti hacerlo. No hay un día en nuestras vidas en que no demos evidencias empíricas de que somos unos fracasados. Tal vez lo demostramos con una palabra áspera, un mal pensamiento o un deseo impío. Tal vez lo demostramos en un momento de envidia o avaricia. Tal vez en un momento de orgullo, cuando queremos ser el centro de atención, robándole la gloria a Dios. Quizá en un acto de glotonería o un deseo de lujuria. Tal vez en un instante en el que nuestro corazón fue frío y antipático contra los pobres o los que sufren. Tal vez en los celos de la belleza o el poder de otra persona. Quizá se reveló cuando rendimos nuestros corazones una vez más ante algún ídolo terrenal. Quizá se demostró al tomar lo que no es nuestro o al no dar lo que debimos haber dado.

De una u otra forma, todos lo hacemos todos los días: quedamos cortos ante el estándar de la justicia de Dios. Todos fracasamos en ser lo que fuimos destinados y llamados a ser.

Ahora, cuando seas confrontado con tu fracaso —y, si somos humildes y honestos, todos lo haremos en algún punto— solo tienes tres opciones: Puedes negar la evidencia y convencerte de que estás bien cuando realmente no lo estás.

Puedes consolarte con argumentos justificables de por qué haces lo que haces para acallar tu consciencia. O, al enfrentar tu fracaso, puedes sumergirte en culpabilidad y vergüenza, atormentándote por lo sucedido o tratando de esconder tus fracasos ante Dios y ante los demás.

Y, sin embargo, hay otra opción. Al ser quebrantado y entristecido por tus  fracasos, puedes correr a Dios, afianzándote de Su gracia. Puedes correr hacia la luz de Su santa presencia sin ningún temor, con la confianza de que, aunque Él es justo y tú no, no te desechará jamás. Puedes hacer esto debido a que tu posición ante Él nunca ha dependido de tu justicia, sino de la perfecta obediencia de tu Salvador. Debido a que estás en Él, eres justificado ante Dios y, por tanto, aceptado en Su santa presencia por siempre y siempre y siempre.

Sí, Dios te ha llamado a vivir una vida santa, pero tu forma de vivir nunca ha sido y nunca será el fundamento de tu posición delante de Dios. Puedes postrarte a Sus pies y confesar tus pecados, sabiendo que recibirás gracia en vez de castigo, ya que el justo Jesús pagó tu penalidad para que tú no la llevaras más. Efesios 3:12 nos recuerda que en Cristo tenemos libertad y confianza para acercarnos a Dios mediante la fe. Entonces, al fracasar una vez más hoy, ¿adónde irás?

Para profundizar y ser alentado: Hebreos 4:14-16

Fragmento tomado del Devocional «Nuevas Misericordias Cada Mañana por Paul D. Tripp» de Paul D. Tripp, para información sobre el libro y cómo obtenerlo, HAGA CLIC AQUÍ.

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