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Por: Miguel Núñez

Este artículo forma parte de la serie «95 tesis para la iglesia de hoy» del Pastor Miguel Núñez

Basada en Juan 3

Una de las prácticas de la iglesia que me ha preocupado por muchos años y ahora igual, es ver la forma tan trivial en que la salvación es presentada. Para muchos, la salvación básicamente se adquiere un día en donde una persona levanta su mano, se para, pasa al frente y hace una profesión de fe, sin que ese procedimiento necesariamente implique un obrar del Espíritu Santo.

 La salvación requiere una obra del Espíritu de Dios que produce convicción de pecado en aquel en quien el Espíritu está obrando. Junto con la convicción de pecado, el Espíritu trae un deseo de ser perdonado y de pedir perdón. El Espíritu ha traído también un entendimiento a esa persona de que la única manera como los pecados pueden ser borrados es a través del sacrificio de Cristo en la cruz. Por tanto, no podemos predecir ni podemos promover la salvación.

Podemos proclamar el evangelio y debemos hacerlo, porque “el evangelio es el poder de Dios para salvación para todo aquel que cree, del judío primeramente, y del griego después” (Romanos 1:16). Pero una cosa es proclamar el evangelio y otra cosa es pensar que se puede determinar, por la manera de manipular las emociones o las canciones que sirven de trasfondo, cómo la persona responde emocionalmente. Y ciertamente puede haber una respuesta emocional que lleve la persona a pasar adelante y hacer una profesión de fe, pero no debemos estar detrás de eso, sino que debemos estar detrás del trabajo del Espíritu, porque Él es quien va adelante. Y cuando el Espíritu se mueve en el interior de una persona, esa persona responde de manera natural.

Por tanto, debemos ser cuidadosos a la hora de presentar el evangelio para evangelismo. Y si vamos a hacer un llamado para salvación, deberíamos ser mucho más cuidadosos aún en el lenguaje que vamos a usar, para asegurarnos de que hay un lenguaje que habla de arrepentimiento, un lenguaje que habla del obrar del Espíritu, un lenguaje que habla de convicción de pecado y un lenguaje que habla de entendimiento de lo que el evangelio es. Como ya nos dijo el Señor Jesús: “En verdad, en verdad te digo, el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar al reino de los cielos” (ver Juan 3:5). ¡Recuérdalo!


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