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Por: A. W. Pink

Este artículo forma parte de la serie «La seguridad eterna»

Aunque los efectos del amor de Dios varían en sus manifestaciones, no hay disminución de este durante toda su perpetuidad. Los hombres a menudo aman a quienes resultan ser lo contrario de lo que esperaban, y se arrepienten del afecto que les prodigan. Pero no es así con Dios, porque Él sabía de antemano todo lo que seríamos y haríamos: nuestros pecados, la indignidad, las rebeliones; sin embargo, puso su corazón sobre nosotros a pesar de eso, de modo que no pueda decir que resultamos de otra manera a la que él esperaba que fuéramos. Si el amor de Dios hubiera sido puesto sobre nosotros por algún bien o excelencia de nosotros, entonces, cuando esa bondad desapareciera, su amor también desaparecía. “Dios previó todos los pecados que tendrías: todo estaba presente en Su mente omnisciente, y sin embargo, Él te amaba y aún te ama” (C. H. Spurgeon). El hijo de Dios puede apartarse por un tiempo de los senderos de la justicia, y luego su Padre corregirá su transgresión con vara y su iniquidad con azotes, “Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad”. (Sal 89:33) es su propia declaración.

Como el amor de Dios no está creado, no cambia. Dios no ama por impulsos o de manera intermitente, sino permanente. Debido a que este amor no tiene como fundamento el objeto de este, ningún cambio en ese objeto puede perderlo. En cada estado y condición en el que los elegidos pueden estar, el amor de Dios hacia ellos es invariable e inalterable, constante y permanente. Podemos arrepentirnos del amor que otorgamos a algunos de nuestros amigos porque no pudimos cambiarlos: cuanto más los amamos, más se aprovecharon. Con Dios no pasa esto: a quien ama lo santifica. Este es uno de los efectos de su amor: derramar su amor en el corazón de sus objetos, tallar su propia imagen en ellos, hacer que caminen en su temor. Su amor a los elegidos es perpetuo porque está en Cristo; están unidos a Cristo por una unión que no se puede disolver. Dios debe dejar de amar a Cristo, su cabeza, antes de que pueda dejar de amar a cualquier miembro de su cuerpo. ¡Entonces qué locura, qué blasfemia, pensar en alguno de ellos pereciendo!

Tomado del libro «Seguridad Eterna» de A.W. Pink.

*A.W. PinkFue un teólogo, evangelista, predicador, misionero, escritor y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas


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