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Por: Norman Geisler

Este artículo forma parte de la serie: Respuestas a las sectas

JUAN 6.53a: Cuando Jesús dijo que había que ―comer su carne―, ¿enseñaba lo que los católicos posteriormente llamaron ―transubstanciación― ?

TERGIVERSACIÓN: Jesús dijo: ―Si no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Los católicos usan este versículo para justificar su creencia en la transubstanciación: la idea de que los elementos de la comunión realmente se convierten en el cuerpo y la sangre físicos de Cristo en el momento de consagración. El Concilio de Trento hizo parte oficial de la fe católica la doctrina que dice que ―mediante la consagración del pan y del vino ocurre una conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo nuestro Señor, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre.

La Iglesia Católica apropiadamente llama esta conversión transubstanciación (Denzinger, no. 877, pp. 267-68). La autoridad católica Ludwig Ott resume el argumento así:

Sin embargo, la necesidad de aceptar una interpretación literal en este caso [de Jn 6.53] es evidente: a) De la naturaleza de las palabras empleadas. Uno se fija especialmente en las expresiones realistas alethés brósis = comida verdadera, real (v. 55); alethés pósis = bebida verdadera, real (v. 55); tróguein = roer, masticar, comer (vv. 54ss.). b) De las dificultades creadas por una interpretación figurada. En el lenguaje de la Biblia, comer la carne de una persona y beber su sangre en el sentido metafórico quiere decir perseguirlo de modo sangriento, para destruirlo. (Cf. Sal 26, 2; Is 9, 20; 49, 26; Miq 3, 3. c) De las reacciones de los oyentes, las cuales Jesús no corrige, como había hecho antes en el caso de malos entendidos (cf. Jn 3,3ss.; 4,32ss.; Mt 16,6ss.). En este caso, más bien confirma la aceptación literal de sus palabras a riesgo de que sus discípulos y sus apóstoles lo abandonaran (vv. 60ss.). [Ott, 1960, p. 374].

CORRECCIÓN DE LA TERGIVERSACIÓN: No es necesario entender estas frases en sentido físico. Las palabras de Jesús no tienen que entenderse en el sentido de ingerir su mismísimo cuerpo físico y su mismísima sangre física. Jesús a menudo hablaba usando metáforas y figuras retóricas. Llamaba a los fariseos ―guías ciegos (Mt 23.16) y a Herodes ―zorra (Lc 13.32). Los eruditos católicos no entienden estos términos en sentido literal. Tampoco suponen que Jesús hablaba en sentido físico cuando dijo: ―Yo soy la puerta (Jn 10.9). No hay, por tanto, ninguna necesidad de entender a Jesús en un sentido literal y físico cuando dijo: ―Esto es mi cuerpo o ―come mi carne. Jesús a menudo hablaba usando parábolas y figuras gráficas, como él mismo dijo (Mt 13.10- 11). Como veremos, es posible entender esas imágenes a partir del contexto.

Ni siquiera es razonable entender las palabras de Jesús en sentido físico. La cualidad vívida de las frases no constituye una prueba de su sentido literal. Jesús usaba frases vívidas cuando hablaba de manera figurada. Por ejemplo, en Juan 15.1 Jesús dijo: ―Yo soy la vid. El ser vivido no constituye necesariamente una prueba de sentido idéntico. Los Salmos están llenos de figuras retóricas vividas. A Dios se le representa como una roca (Sal 18.2), un ave (Sal 63.7), una torre (Pr 18.10) y de muchas otras maneras. Además, la Biblia a menudo emplea el lenguaje de ingestión en sentido figurado. ―Gustad y ved que es bueno Jehová‖ es un ejemplo que hace al caso (Sal 34.8). Al mismo apóstol Juan se le dijo que debía comer un rollo (la Palabra de Dios) en Apocalipsis: ―Toma y cómelo. Juan hizo lo que se le mandó y dijo: ―[C]uando lo hube comido amargó mi vientre- (Ap 10.9b, 10). ¿Qué podría ser más vivido? Pero quería decir que él recibió la Palabra de Dios (el rollo). Aun el apóstol Pedro les dice a los creyentes jóvenes: ―[D]esead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada (1 P 2.2) .Y el escritor de Hebreos habla del ―alimento sólido‖ para cristianos maduros (5.14), y de otras personas que volvieron a caer después que ―gustaron del don celestial (6.4).

Tampoco es necesario, como sugieren los eruditos católicos, entender ―carne y sangre en sentido literal, porque se emplea esta frase de esa manera en muchos lugares, en otros contextos. Como saben todos los biblistas, palabras idénticas tienen sentidos distintos en contextos distintos. La misma palabra ―carne (sarx), por ejemplo, se emplea en el Nuevo Testamento en un sentido espiritual, no físico, al hablar de la naturaleza caída de los seres humanos, como cuando Pablo dijo: ―Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien (Ro 7.18; cf. G1 5.17). Se descubre el sentido examinando el contexto, no simplemente viendo que se emplea la misma palabra o una similar. Las mismas palabras se emplean de maneras muy distintas en contextos distintos. Aun la palabra ―cuerpo (soma), que quiere decir un cuerpo físico cuando se usa al hablar de un ser humano individual, quiere decir el cuerpo espiritual de Cristo, la iglesia, en otros contextos (cf. Ef 1.22, 23), como reconocen tanto católicos como protestantes.

El hecho de que algunos oyentes de Jesús entendieran sus palabras en sentido físico sin su reprimenda explícita e inmediata no es un buen argumento, por varias razones. En primer lugar, Jesús reprendió su comprensión, por lo menos implícitamente, cuando dijo posteriormente, en el mismo discurso: ―El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida (Jn 6.63). Tomando prestada una frase del apóstol Pablo, las palabras de Jesús ―se han de discernir espiritualmente (1 Co 2.14), no en un craso sentido caníbal. Además, Jesús no tenía que reprenderlo explícitamente para que fuera incorrecto. Una comprensión pegada a la letra en este contexto habría sedo tan caníbal que ningún discípulo debía esperar que el Señor hiciera una declaración tan absurda.

Tampoco vale en este contexto recurrir a una supuesta transformación milagrosa. El único milagro relacionado con esto es la alimentación de los cinco mil (Jn 6.11), la cual proporcionó la oportunidad para este discurso sobre el Pan de Vida (Jn 6.35). Recurrir aquí a un milagro de transubstanciación es Deus ex machina: un intento vano de evocar a Dios a fin de impedir el fracaso de la interpretación de uno.

No es posible interpretar la declaración en sentido físico. Desde por lo menos un punto de vista importante, no es física ni teológicamente posible que un cristiano ortodoxo se atenga a una interpretación literal de las palabras de Jesús durante la última cena: ―Esto es mi cuerpo .Pues cuando Jesús dijo: ―Esto es mi cuerpo con referencia al pan en su mano, ningún apóstol que estaba presente tenía la más mínima posibilidad de entender que él quería decir que el pan era en realidad su cuerpo físico, ya que él todavía estaba con e os en su cuerpo físico, la manos del cual sostenían es mismo pan.

De otra forma, debemos creer que Cristo sostenía su propio cuerpo en las propias manos. Eso nos recuerda el mito medieval del santo cuya cabeza le fue cortada, ¡pero aun así la metió en la boca y cruzó el río a nado!

Jesús no podía estar hablando físicamente al decir. Esto es mi cuerpo, porque desde su encarnación siempre ha sido ser humano y también siempre ha habitado un cuerpo humano (con la excepción de tres días en una tumba). Por consiguiente, si el pan y el vino que sostenía en las manos durante la Última Cena fueran en realidad su carne y sangre literales, habría estado encarnado en dos lugares dite- rentes al mismo tiempo. Pero un cuerpo físico no puede estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo. Se requieren dos cuerpos diferentes para hacer eso. Por consiguiente, a pesar de las protestas católicas al contrario, lógicamente la transubstanciación involucraría dos cuerpos y dos encarnaciones de Cristo, lo cual va en contra de la doctrina ortodoxa de la Encarnación.

El Dr. Norman Geisler es autor o coautor de unos cincuenta libros y centenares de artículos. Él ha enseñado en la universidad y a nivel de graduados por cuarenta y tres años. Ha dado conferencias y presentado debates en cincuenta estados y en veinticinco países de seis continentes. 


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