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Por: J.C. Ryle

Debemos señalar la absoluta necesidad de convicción de pecado antes de que un alma pueda convertirse a Dios. Parece que la samaritana no fue tocada hasta que nuestro Señor sacó a la luz su quebrantamiento del séptimo mandamiento. Parece que esas palabras escrutadoras —“ve, llama a tu marido”— atravesaron su conciencia como una flecha. A partir de ese momento, a pesar de su ignorancia, habla como alguien que busca la Verdad fervorosa y sinceramente. Y la razón es evidente. Sentía que su enfermedad espiritual había sido descubierta. Por primera vez en su vida se vio a sí misma.

Llevar a las personas irreflexivas a este estado mental debiera ser el principal objetivo de todos los maestros y ministros del Evangelio. Debieran emular cuidadosamente el ejemplo de su Maestro en este lugar. Hasta que se ha llevado a los hombres y a las mujeres a sentir su pecaminosidad y su necesidad, no se hace nunca verdadero bien a sus almas. Hasta que un pecador no se ve a sí mismo como Dios le ve, seguirá despreocupado, comportándose frívola e imperturbablemente.

Debemos esforzarnos por todos los medios en convencer de pecado al hombre inconverso, despertar su conciencia, abrir sus ojos, mostrarle su interior. A este fin debemos exponer la amplitud y el alcance de la santa Ley de Dios. A este fin debemos denunciar toda práctica contraria a esa Ley, independientemente de lo habitual y usual que sea. Esta es la única forma de hacer el bien. Un alma jamás valora la medicina del Evangelio hasta que siente su enfermedad. Un hombre jamás ve belleza alguna en Cristo como Salvador hasta que descubre que él mismo es un pecador perdido. El desconocimiento del pecado va invariablemente acompañado por la desatención de Cristo.

*John Charles Ryle fue un obispo evangélico anglicano inglés. Fue el primer obispo anglicano de Liverpool y uno de los líderes evangélicos más importantes de su tiempo. 


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