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Por: R. C. Sproul.

Este artículo forma parte de la serie «Qué buena pregunta«

¿Nos habla Dios? Y si es así, ¿cómo se comunica con nosotros?

En primer lugar, permítanme decir que sí, hay un sentido en el cual Dios nos habla, pero también hay un sentido en el cual no nos habla. Cuando la gente me dice: “El Señor me dijo que hiciera algo,” me gustaría preguntarles: “¿Cómo suena la voz del Señor? ¿Me está diciendo que oyó una voz del cielo tan audible como la voz que habló en el bautismo de Jesús diciendo: ‘Este es mi Hijo amado, quien me da un gran gozo,’ o la voz que le habló a Saulo en el camino a Damasco?” En la Biblia leemos que hubo ocasiones en las que Dios le habló audiblemente a la gente. Pero aun en la vida de Jesús, en el Nuevo Testamento se registran sólo tres ocasiones en las cuales Dios habló audiblemente a su Hijo unigénito.

En la vida de los más grandes santos, tales incidentes son extremadamente escasos. Sin embargo, no hay manera más fácil de lograr que la gente apruebe lo que quiero hacer, o de eludir cualquier crítica posible, que encabezar mis ideas diciendo: “El Señor me dijo que hiciera esto.” Con eso estoy diciendo, en esencia, que si alguien cuestiona lo que digo, es como si estuviera discutiendo con Dios. Creo que tenemos la obligación unos con otros de no enjuiciar sino preguntar amablemente: “¿Cómo sabe usted que el que le habló era Dios?” ¿Cuál es la diferencia entre la voz interna de Dios y una indigestión? Dios puede hablarnos (y nos habla —quiero recalcar eso), pero la forma principal a través de la cual Dios habla con su pueblo es a través de su Palabra escrita. A veces no queremos pasar por la dificultad de estudiar la Palabra; eso requiere trabajo. La gente puede simplemente guiarse por corazonadas, intuiciones y sentimientos, y bautizar dichos sentimientos e intuiciones como si fueran un mandato divino proveniente del cielo.

Recuerdo un momento muy difícil de mi propio ministerio y mi propia vida en que la escuela en la que yo era docente se estaba trasladando y yo no quería ir al lugar al cual se mudaban, de manera que pasé seis meses sin empleo. La pregunta más difícil de mi vida en ese tiempo era: “Dios, ¿qué quieres que haga?” Aquello me tenía en agonía, orando desesperadamente durante varias horas cada día. Hubo cinco amigos cercanos bien intencionados y profundamente espirituales que se me acercaron y me dijeron que Dios les había dicho que se suponía que yo debía hacer X, Y, o Z. Pensé que eso era extraordinario porque las cinco cosas que el Señor les dijo que me dijeran me habrían hecho tomar cinco diferentes empleos en cinco ciudades diferentes. Lo único que me gustó de aquello fueron los cinco diferentes salarios, pero no sabía cómo estar en cinco lugares al mismo tiempo. Obviamente, había alguien que no tenía la mente de Cristo.

Exhorto a los cristianos a ser muy, muy cuidadosos antes de decirle a la gente: “Dios me dijo esto.” Usted puede decir: “Creo que tal vez Dios me está guiando en esta dirección.” Esa es una forma mucho más humilde de expresarlo.

Tomado de ¡Qué buena pregunta! Copyright © 1996 por R.C. Sproul.  

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