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Por: Archibald Brown

¡Madre! ¡Madre! ¡Madre! ¡Qué asociaciones de amorosa ternura se hallan en esta mismísima palabra, Madre! La palabra abre una fuente secreta en el corazón y evoca escenas del pasado. Trae a la vista, en la tenue distancia, un rostro dulce que solía inclinarse sobre nuestra pequeña cama al caer la noche y grababa un beso en nuestra frente. Nos recuerda a alguien que solía sonreír cuando estábamos felices, y lloraba cuando estaba obligaba a corregirnos. Nos recuerda a alguien que siempre parecía interesada en nuestros pequeños cuentos de aventuras, y nunca se reía de nuestras pequeñas penas que nos parecían tan grandes.

¡Madre! Era su cara la que mirábamos por última vez cuando nos íbamos a la escuela. Y era a sus brazos a los que primero corríamos cuando las vacaciones nos traían a casa. ¡Madre! ¡El recuerdo de ella nos mantenía alejados del pecado con cuerdas de plata invisibles! Y cuando esos oscuros mechones de ella se platearon con el paso de los años, solo pensamos que un encanto extra había coronado su frente. Con muchos presentes, esa madre durmió hace mucho tiempo en los brazos de su Salvador, pero ustedes no se han olvidado de ese amor tan fuerte como la muerte, y de esas palabras que salieron de sus labios moribundos que hasta el día de hoy atesoran. ¿Olvidar? ¡No! Su nombre todavía tiene un poder extraordinario, y las lágrimas que veo derramarse por tantas mejillas esta mañana son elocuentes en su lenguaje. Declaran que al menos una palabra no ha perdido su música o su encanto, y esa palabra es: Madre.

Creo que no puedo mostrar mejor la influencia que tiene el recuerdo de una madre sobre un hombre que al citar las palabras de Archibald Thompson. Él dice: «¡Madre! ¡Cuántas asociaciones deleitosas se agrupan en torno a esa palabra! Cuando mi corazón se duele por la maldad del mundo, y mis miembros están cansados, y mis pies sangrando a causa de viajar por el espinoso camino de la vida, suelo sentarme sobre una piedra cubierta de musgo, y cerrando mis ojos en escenas reales, llevo mis pensamientos a los primeros días de mi vida, y en todos estos recuerdos, surge mi madre. Si inclino mi cabeza en mi almohada, recuerdo su compañía a mi lado; si canto, recuerdo cómo me escuchaba; si camino por los prados, recuerdo cómo mi manita estaba en la de mi madre, y mis pequeños pies concurrían con los de ella; si escucho el piano, recuerdo como los dedos de mi madre tocaban las teclas; si examino las maravillas de la creación, recuerdo cómo mi madre me señalaba el objeto que llamaba mi atención. No hay terciopelo más suave que el regazo de una madre, ninguna rosa más hermosa que su sonrisa, ningún sendero más florido que aquel grabado con los pasos de ella».


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