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Por: John Piper.

Este artículo forma parte de la serie: Dios es soberano

En la identificación fundamental de Dios “Yo soy el que soy” (Ex 3:14)1 está implícita la verdad de que “El Señor es Rey eternamente y para siempre” (Sal 10:16). “Del Señor es el reino” (Sal 22:28). El reino es de Dios no porque alguien lo haya ungido, autorizado, elegido o instituido como Rey. Le pertenece porque Él es quien es —y eso incluye ser el gobernante de todo—. Ser Dios es ser Rey: “el Señor es el Dios verdadero; Él es el Dios vivo y el Rey eterno” (Jer 10:10). Su reinado no tiene principio ni puede tener fin. Él es el “Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios”; por lo tanto, a Él le corresponden “honor y gloria por los siglos de los siglos” (1Ti 1:17; cf. Sal 145:13; 29:10; 93:2).

Por lo tanto, cuando Josafat oró: “Oh Señor,… ¿no eres Tú Dios en los cielos? ¿Y no gobiernas Tú sobre todos los reinos de las naciones? (2Cr 20:6), no quiso decir que las naciones lo habían elegido o designado. Dios no encontró a las naciones sin rey y se las ingenió para ser su rey. Él las creó como naciones bajo Su autoridad, y un día tendrá la plenitud de Sus elegidos de todas ellas en alegre sumisión: “Todas las naciones que Tú has hecho vendrán y adorarán delante de Ti, Señor” (Sal 86:9; cf. Ap 5:9; Ro 11:12, 25). Por lo tanto, “Dios reina sobre las naciones” (Sal 47:8) tanto si lo eligen como si no.

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