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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

¿Necesitas algo más aparte de la cruenta cruz de Jesucristo para convencerte de tu profunda necesidad de Su gracia?

Piénsalo. Dios estaba tan seguro de la profundidad y el costo de tu pecado, de tu incapacidad para ver tu pobre condición (e incluso si fueras capaz de verla, de tu completa incapacidad para librarte de ella) que quiso utilizar las fuerzas de la naturaleza y controlar los eventos de la historia de la humanidad para que, en cierto punto de la historia, Jesús viniera a vivir la vida que tú no pudiste haber vivido, a sufrir la muerte que tú debiste sufrir y a resucitar conquistando la muerte. ¿Por qué Dios llevó a cabo este plan tan elaborado y de tanto sacrificio? Solo hay una respuesta a esta pregunta. El Padre lo planeó, el Hijo estaba dispuesto a hacerlo y el Espíritu Santo aplicó este trabajo en tu corazón, debido a que no había otra forma de hacerlo.

El pecado es la enfermedad de todo ser humano. Es imposible escapar de él en nuestras fuerzas. Te separa del Dios que te creó. Perjudica cada aspecto de tu vida. Hace imposible que seas la persona que Dios había diseñado que fueras y hace imposible que hagas lo que Dios quiere que hagas. Te roba el gozo interior y la paz, poniéndote en guerra con otros seres humanos. Te hace ciego, débil, egoísta y rebelde. Nos reduce a todos a necios y, finalmente nos lleva a la muerte. El pecado es un desastre que no puede ser mitigado ni calculado. Puedes huir de cierta situación, puedes escapar de alguna relación y puedes mudarte y decidir no regresar. Pero no tenemos la capacidad para escapar del hoyo en el que el pecado nos tiene. Es el mismo hoyo en el que está el corazón de cada persona. Pocos pasajes capturan mejor el desastre del pecado y sus consecuencias como Génesis 6:5-6: “Al ver el Se- ñor que la maldad del ser humano en la tierra era muy grande, y que todos sus pensamientos tendían siempre hacia el mal, se arrepintió de haber hecho al ser humano en la tierra, y le dolió en el corazón”. Veamos dos cosas de este pasaje. La primera, que el efecto del pecado en las personas era profundo, llegaba hasta sus corazones. El pecado no es solo un asunto de la conducta. Es una condición del corazón. Es por eso que no puedes librarte de él por ti mismo. La segunda cosa es que los efectos de nuestros pecados son holísticos. Observa las palabras “todos sus pensamientos” seguidas de la oración “tendían siempre hacia el mal”.

Pero el pasaje nos dice más. Dios no se conformó con dejarnos en el desastre del pecado. La enfermedad que infectó el corazón de cada ser humano produjo dolor en Su corazón. Pero Su dolor no era solo un dolor de remordimiento; era un dolor de gracia. Las palabras de Génesis 6:8: “Pero Noé contaba con el favor del Señor”, aclara que Génesis 6 no es el final de la historia. Dios no solo castigaría el pecado; también levantaría una nación de donde vendría Su Hijo a vivir y a morir para liberarnos de sus garras. La cruz de Su Hijo se erige como un recordatorio permanente de cuán desesperante es nuestra necesidad de la gracia que esa cruz representa.

Para profundizar y ser alentado: 1 Pedro 3:18-22


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