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Por: Charles Spurgeon

Posiblemente hayas dicho algunas veces: «Me siento tan afligido que no puedo orar». Al contrario, hermano, ése es precisamente el momento en que debes orar. Así como las especias, cuando son molidas, producen mucha más fragancia por la molienda, así también la aflicción de tu espíritu debe ser el motivo para elevar una oración más ferviente a Dios, quien puede liberarte y quiere hacerlo. Tienes que expresar tu aflicción de una manera o de otra; entonces, no dejes que se manifieste en murmuración, sino en suplicación.

Es una vil tentación que proviene de Satanás permanecer alejado del propiciatorio cuando tienes mayor necesidad de acudir allí, pero tú no cedas a esa tentación. Ora hasta que puedas orar; y si descubres que no estás lleno del Espíritu de suplicación, usa cualquier medida de la unción sagrada de que dispongas; y así, poco a poco, tendrás el bautismo del Espíritu, y la oración se convertirá para ti en un ejercicio más feliz y dichoso de lo que es al presente. Nuestro Salvador dijo a Sus discípulos: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte»; con todo, en aquel momento, más que en ningún otro, se encontraba en una agonía de oración y la intensidad de Su suplicación era proporcional a la intensidad de Su aflicción.

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