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Por: John Piper.

Este artículo forma parte de la serie: Dios es soberano

La realidad más central y asombrosa sobre la eventual derrota de Satanás, no es que será arrojado al lago de fuego, sino que Jesús fue arrojado al lago de fuego, por así decirlo (Lc 12:50), para derrotar el dominio de Satanás sobre Su pueblo. Tanto Pablo como el escritor a los Hebreos enseñan que Jesús derrotó a Satanás por medio de Su sufrimiento y muerte:

Y cuando ustedes estaban muertos en sus delitos y en la incircuncisión de su carne, Dios les dio vida juntamente con Cristo, habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz. Y habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de Él (Col 2:13-15).

Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, también Jesús participó de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida (Heb 2:14-15).

Es más hermoso, glorioso, excelente y maravilloso, que la persona más grande del universo derrote al ser más despreciable del universo eligiendo sufrir y morir en un acto de amor liberador —amor por aquellos que de hecho estaban viviendo “conforme al príncipe de la potestad del aire… lo mismo que los demás” (Ef 2:2-3)—. Cuando Jesús arroje a Satanás al lago de fuego, la justicia y el poder de Jesús se manifestarán plenamente. Pero en la cruz, Su gracia, misericordia, paciencia, amor y sabiduría se manifestaron plenamente al vencer la esclavitud que Satanás tenía sobre el pueblo de Dios, pagando sus deudas.

Colosenses 2:14 aclara cómo Satanás perdió su poder sobre el pueblo de Dios cuando Cristo murió. Cristo canceló “el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz”. A esto le sigue su efecto sobre Satanás: “Y [al cancelar sus deudas] habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de Él” (Col 2:15). En otras palabras, las únicas acusaciones condenatorias que Satanás puede presentar contra nosotros en el último día son los pecados no perdonados. Pero Cristo los clavó en la cruz. Esto despojó a Satanás de su única arma de condenación. Quedó desarmado. De hecho, se avergonzó porque, con toda su fuerza, orgullo y odio, perdió su premio —los elegidos de Dios— por un acto de debilidad omnipotente, humildad y amor.

En la segunda parte del libro vimos que el objetivo supremo de la providencia, es la gozosa alabanza de la gloria de la gracia de Dios (Ef 1:6, 12, 14) y que la demostración consumada de esa gloriosa gracia, es el sufrimiento y la muerte voluntariamente escogida del infinitamente digno Hijo de Dios, por pecadores indignos como nosotros. Ahora vemos un pequeño atisbo de por qué a Satanás se le da tal papel en el escenario de las maravillas de Dios. En todo momento, Cristo demuestra Su superioridad, y en el momento más importante de la historia, la belleza de Cristo brilla con mayor intensidad cuando el ser más feo es deshecho por el mayor acto de belleza.


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