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Por: Ezekiel Hopkins*

1 Juan 5:14 Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.

Nada sucede sin el permiso o mandato de nuestro Padre celestial. Por su todopoderosa providencia, Dios gobierna y mueve todas las cosas para su propia gloria. No hay nada que suceda sin que Dios tenga un propósito en ello. Aunque el mundo parezca correr al azar, en ciega confusión o rudo desorden, Dios lo gobierna para formar una armonía de todas las aparentes discordias.

Pregunta: «Si la providencia de Dios ordena todas las cosas que suceden de acuerdo a la ley inmutable de su propósito, entonces ¿Qué necesidad hay de la oración? No podemos alterar los decretos de Dios ni por nuestras oraciones más fervientes. Nuestras oraciones no pueden acelerar o cosechar las bendiciones de Dios antes de tiempo, ni prevenir o prolongar el tiempo fijado para que vengan aflicciones sobre nosotros». Sin embargo, la providencia divina no solo ordenó que cosas sucederán, sino también por qué medio lo harán y por qué causas, así como el orden en que deben fluir. Dios no solo ha designado el efecto mismo, sino los medios para cumplirlo. La oración es un medio para hacer que suceda aquello que Dios ha determinado que será.

La oración como preparación

No oramos con la esperanza de alterar los propósitos eternos de Dios, sino que lo hacemos para obtener aquello que Dios ha ordenado que se reciba por medio de nuestras oraciones. Pedimos para prepararnos para recibir lo que Dios ha determinado darnos por medio de la oración desde la eternidad, y no al contrario. Por tanto, cuando estamos bajo cualquier aflicción, o cuando nos vemos en estrecho por la pobreza, la oración es necesaria porque, tal y como Dios ha traído esas cosas sobre nosotros por medio de su providencia, es posible que esa misma providencia esté determinada para no ser quitada hasta que fervientemente oremos por nuestra liberación.

La oración no inclina a Dios a conceder aquello que no había resuelto darnos, sino que nos prepara para recibir aquello que Dios, de otra forma, no daría.

*Ezekiel Hopkins (fallecido en 1690) fue un teólogo anglicano en la Iglesia de Irlanda, que fue obispo de Derry de 1681 a 1690.


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