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Por: A. W. Pink

Este artículo forma parte de la serie «La seguridad eterna»

Si el creyente maduro mira hacia atrás en todo su viaje y revisa todas las veces que Dios le ha tratado de manera bondadosa, ¡qué historia podría contar! Permítale contar a detalle todas las vueltas extrañas y los giros en su camino, todos ordenados por la Sabiduría infinita, tal como los percibe ahora. Permítale contarle sobre las tempestades y las sacudidas a través de las cuales ha pasado su frágil embarcación y con qué frecuencia el Señor le dijo a los vientos y a las olas “enmudece”. Permítale narrar la ayuda providencial que vino cuando estaba en apuros, las ocasiones en que fue librado de la tentación cuando casi era vencido, las veces que se levantó después de una caída, los renacimientos después de la muerte del corazón, los consuelos en el dolor, las veces que se levantó cuando se vio arrastrado por las pruebas y dificultades, de las respuestas de oración cuando las cosas parecían desesperadas, de la paciencia que ha surgido donde antes solo había insensatez, de la gracia que ha venido con la incredulidad, del gozo de la comunión con el Señor cuando los medios visibles de la gracia son interrumpidos. Pero ¡qué serie de milagros ha experimentado el cristiano!

El santo es, de hecho, una maravilla de maravillas: sin fuerza y, sin embargo, continúa andando su camino cuesta arriba. Piense en un árbol que florece en medio de un desierto arenoso, donde no hay tierra ni agua; imagine una casa suspendida en el aire, sin ningún tipo de soporte arriba o abajo; imagínese a hombre viviendo semana tras semana y año tras año en una morgue, pero que mantiene su vigor; como un cordero solitario que se mantiene a salvo en medio de lobos hambrientos, o una esclava que mantiene sus ropas blancas mientras camina a través del barro y del lodo, todas estas son figuras válidas de la vida cristiana. La nueva naturaleza se mantiene viva entre las fauces de la muerte. La salud del alma se preserva al respirar aún en medio de una atmósfera fétida y rodeada de personas con las enfermedades más contagiosas y fatales. Es como una paloma indefensa eludiendo con éxito multitudes de halcones pendientes de su destrucción. Es como un hombre que subsiste en un desierto árido donde no hay comida ni bebida. Es como un viajero en una cumbre helada, con precipicios insondables a cada lado, donde un paso en falso significaría una muerte segura. ¡Oh, el milagro de la perseverancia cristiana frente a tales impedimentos y obstáculos!

Tomado del libro «Seguridad Eterna» de A.W. Pink.

*A.W. PinkFue un teólogo, evangelista, predicador, misionero, escritor y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas


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