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Por: A. W. Pink

Este artículo forma parte de la serie «La seguridad eterna»

La preservación de la conducta santa o las buenas obras. Cuando la comprensión de una persona se ha iluminado sobrenaturalmente y su afecto se ha renovado divinamente, no puede evitar un cambio radical de conducta, aunque esto se hace más evidente y radical en unos que en otros. La diferencia es mucho más visible en alguien que era completamente ateo y culpable de pecados externos graves antes de su nuevo nacimiento que otro que estaba educado bajo el entrenamiento de padres piadosos reservado del libertinaje.

Sin embargo, incluso con este último, una “nueva creación” debe expresarse en una nueva vida: la Palabra será leída y meditada no tanto como un deber sino como un deleite, la oración se dedicará no de manera fúnebre sino de corazón, el pueblo del Señor no solo será respetado sino amado por cualquiera que pueda ver a Cristo a través de ellos, la honestidad y la veracidad marcarán sus relaciones con los semejantes no solo porque esto es lo correcto sino porque lo contrario contristaría al Espíritu, mientras que el trabajo diario será realizado no como una molesta tarea que debe hacerse sino como un servicio alegremente prestado a Aquel cuya providencia sabiamente y gentilmente ha ordenó según su voluntad.

En la regeneración, Dios imparte vida espiritual al alma, y toda esa vida es seguida por progreso y obra. Antes del nuevo nacimiento, el alma estaba espiritualmente muerta, mientras que sucedía el nuevo nacimiento permanecía completamente pasiva, siendo Dios quien realizaba la obra; pero después del nuevo nacimiento, el alma se vuelve activa. La perseverancia considera, entonces, los esfuerzos del alma por continuar la obra comenzada por Dios. Por lo tanto, la vida cristiana se describe a menudo bajo la metáfora del andar: “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10). Los movimientos del cuerpo son conferidos ahora al alma, que por fe y amor se realizan mediante los estatutos de Dios (Ez 36:27).

 Andar es una acción voluntaria y el alma renovada se complace en el andar el camino de la piedad. De la misma manera, también es una acción constante e incesante, y no una acción impulsiva e irregular: por lo tanto, el cristiano sigue un camino de obediencia, no por impulsos y arranques, sino de manera constante y firme. Andar es un movimiento progresivo, avanzando hacia una meta: por lo tanto, el cristiano normalmente continúa “de poder en poder” (Sal 84:7). La acción de andar como tal es incesante, pues tan pronto como en el camino nos sentemos esta se detiene: así que la vida cristiana es una caminata hasta el final de su peregrinación y hasta que se alcance el Cielo no se logra el descanso perfecto. “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Judas 20; 21).

Es por tales exhortaciones que el cristiano se siente motivado a usar los medios que le ayuden a ser constante. Se debe tener cuidado para que haya crecimiento espiritual. No es suficiente establecerse en la fe, debemos crecer diariamente en ella; Se establece la base para que se pueda edificar una casa sobre ella, lo cual se realiza de manera constante, poco a poco. Para lo cual, se requiere oración; que constituye el medio a través del cual se obtiene sanidad y fortaleza. Abandonar la práctica de la oración implica que el crecimiento se detenga, es decir, de manera lógica, si no avanzamos, retrocedemos. Orar correctamente, requiere buscar la ayuda del Espíritu Santo. Además, debemos mantenernos en el amor de Dios evitando todo lo que le desagrada y manteniendo una comunión cercana y regular con Él. Si dejamos nuestro primer amor, entonces debemos volvernos y hacer las primeras obras (Ap 2:4). Finalmente, la esperanza debe mantenerse en práctica: estableciendo nuestro corazón en el glorioso panorama y final que nos espera.

Tomado del libro «Seguridad Eterna» de A.W. Pink.

*A.W. PinkFue un teólogo, evangelista, predicador, misionero, escritor y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas


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