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Este artículo forma parte de la serie: «Oraciones Puritanas«

Padre Eterno,

Eres una maravilla de amor, Tú has enviado a Tu Hijo para sufrir en mi lugar, Tú nos has dado al Espíritu para enseñar, consolar, guiar, que el Señor me conceda el ministerio de los ángeles para protegerme alrededor; que todo el cielo tenga en cuenta el bienestar de un gusano miserable. Permite que Tus siervos invisibles estén siempre activos para mí, y se regocijen cuando la gracia se expanda en mí. No los hagas descansar hasta que mi conflicto esté terminado, y yo esté victorioso en tierra de salvación.

Haz que mi propensión al mal, no amortigüe el bien, que la resistencia a la acción de Tu Espíritu, nunca haga que Tú me abandones. Que mi duro corazón despierte a Tu misericordia, y no a Tu ira, y si el enemigo consigue una ventaja debido a mi corrupción, permite ver que el cielo es más poderoso que el infierno, que aquellos por mí son mayores que los que están

contra mí. Levántate para mi auxilio en la riqueza de las bendiciones del pacto, mantenme alimentado en los pastos de Tu Palabra fortalecedora, examinando las Escrituras para encontrarte allí.

Si mi obstinación es visitada con un flagelo, concédeme recibir corrección humildemente, de forma que bendiga la mano que reprende, discernir la razón de la censura, responder con prontitud, y volver a la primera obra. Permite que todas Tus relaciones paternales me hagan partícipes de Tu santidad. Concede que cada caída yo pueda hundirme más en mis rodillas, y cuando me levantes, pueda estar en alturas más elevadas de devoción. Que mi cruz sea santificada, cada pérdida sea ganancia, cada negación una ventaja espiritual, cada día oscuro la luz del Espíritu Santo, cada noche de tribulación una canción.

Tomado de “El Valle de La Visión



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