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Por: Richard Sibbes*

En sexto lugar, así como el sol nos indica hacia dónde ir y por cual camino, así Cristo nos enseña a ir al cielo y por qué medios —qué deberes cumplir, qué cosas evitar y qué cosas soportar—.

En séptimo lugar, así como el sol es agradable (Ec. 11:7) y las tinieblas son terribles, así Cristo es reconfortante. Porque donde Él llega, hace que todos estén en paz y envía a su Espíritu, el Consolador. Ahora Él está en el cielo. Por tanto, así como la ignorancia y el error se expresan por las tinieblas, así, en cambio, el gozo y la honra y el conocimiento que trae, se expresan por la luz (Est. 8:16); Cristo es quien nos guía, nuestro sostén. Sin Él, ¿qué somos? ¿Y qué hacemos, sino gloriarnos en nuestra vergüenza?

En octavo lugar, por los rayos del sol se transmite la influencia para hacer crecer las cosas, y distinguir los tiempos y las estaciones. Así, Cristo, por su poder, anima todas las cosas y por eso se le llama el “espíritu vivificante” (1 Co. 15:45). Porque Él vivifica el alma muerta y oscura, la cual, hasta que Cristo brille sobre nosotros, será un calabozo de ignorancia e incredulidad. Y así como su Espíritu sopla sobre nuestros espíritus, así también, obra una primavera en el crecimiento de la gracia o un verano en la fuerza del celo.

En noveno lugar, el sol produce estos efectos, no descendiendo hasta nosotros, sino por influencia. Y entonces, ¿seremos tan tontos como para imaginar que Cristo debe venir necesariamente, de manera corporal a nosotros en el sacramento o que no hay otra obra del Espíritu por medio de esa ordenanza? ¿Siendo el sol naturalmente tan poderoso en su operación, no será este Sol de justicia más poderoso por la influencia de su Espíritu para consolarnos y vivificarnos, aunque Él no venga corporalmente en un pedazo de pan?

En décimo lugar, así como el sol obra libremente, extrayendo vapores para disolverlos en lluvia sobre la tierra y refrescarla cuando está seca, así lo hace Cristo. Él vino libremente del cielo a nosotros y, libremente, atrae nuestros corazones al cielo, los cuales no pueden ascender allá, sino por su poder de exhalación. Cristo es nuestro imán que atrae hacia arriba estos corazones nuestros tan duros como el hierro, haciéndonos despreciar este mundo vil, considerándolo escoria y estiércol…

En undécimo lugar, como el sol brilla sobre todos, pero no calienta a todos, así Cristo es ofrecido a todos. Él brilla sobre todos los lugares donde llega el Evangelio, pero no todos son iluminados y no todos los que son iluminados, arden en amor por Él. Es más, algunos se endurecen más, dado que es la naturaleza del sol endurecer algunos cuerpos.

En duodécimo y último lugar, así como el sol vivifica y da vida a las criaturas muertas, así también Cristo, por su poder, vivificará nuestros cuerpos muertos y los resucitará cuando venga para juzgar. Y a pesar de todos estos detalles, Él no es en todo semejante porque el sol brilla sobre todos por igual. Pero Cristo no es así, porque muchos están en tinieblas eternas, a pesar de esta luz. Él es misericordia y, sin embargo, muchos están en miseria.

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*Richard Sibbes fue un teólogo anglicano. Es conocido como exégeta bíblico y como representante, con William Perkins y John Preston, de lo que se ha llamado puritanismo de «línea principal» ​ porque alguna vez permaneció en la Iglesia de Inglaterra y oró de acuerdo con el Libro de Oración Común


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