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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

Desearás tener éxito en toda tu vida. Espero que escojas tener el éxito que el evangelio produce en tu corazón.

Tú y yo no vivimos por instinto. Somos seres humanos orientados por valores, metas y propósitos. Constantemente estamos evaluando todo en nuestras vidas. Todos tenemos cosas que son importantes para nosotros y cosas que no lo son, cosas que valoramos mucho y cosas que valoramos poco. Nos sacrificamos por alguna cosa y nos negamos a sacrificarnos por otras. Nos entristece la pérdida de algo y celebramos la pérdida de otra cosa. Amamos lo que otra persona odia y atesoramos lo que para otra persona es basura. Vemos alguna cosa y percibimos belleza, mientras que la persona a nuestro lado percibe todo, menos belleza. Algunas cosas tienen tanta importancia para nosotros que moldean las decisiones que tomamos y las acciones que emprendemos. Algunas cosas dirigen la lealtad de nuestros corazones mientras otras apenas captan nuestra atención.

En el centro de este sistema de valores se encuentra nuestra definición del éxito. Ningún ser humano racional quiere ser un fracasado. Nadie quiere pensar que ha desperdiciado su vida. Nadie quiere imaginarse mirando atrás y descubriendo que invirtió su vida en cosas que no importaban. Todos queremos pensar que nuestras vidas serán exitosas. Pero ¿qué es el éxito? ¿Está basado en el tamaño de tu casa, la cantidad de tus amigos, lo exitoso de tu carrera, el poder de tu posición, la cantidad de tus posesiones, la perfección de tu belleza física, la profundidad de tu conocimiento o la lista de tus logros? El problema con todas estas cosas es que muy pronto se desvanecen y, por lo tanto, si has vivido por estas cosas, al final terminarás vacío.

Compara esa perspectiva del éxito con el éxito de la obra de Dios en ti y a través de ti. Dios te ofrece cosas de valor supremo (Su perdón, Su presencia, la entrada a Su reino, una conciencia limpia y un corazón puro). Estas cosas jamás pasarán. Son regalos eternamente valiosos de la divina gracia. Esto te deja con la siguiente pregunta: “¿Qué quiero realmente en la vida: el éxito de la gracia de Dios o el cumplimiento de mi catálogo de deseos?”. Al final del día, ¿qué anhelas? ¿Que la gracia de Dios haga su trabajo o las cosas que este mundo físico puede ofrecerte? Sé honesto. ¿Qué clase de éxito se encuentra anclado en tu corazón el cual moldea las decisiones que tomas y las acciones que emprendes?

Para profundizar y ser alentado: Mateo 6:25-34


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