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Por: LARRY E. MCCALL*

Nota del editor: 

Este es un fragmento del libro Amando a tu esposa como Cristo ama a la iglesia (Poiema Publicaciones, 2020), por Larry McCall.

Si nosotros los esposos vamos a amar a nuestras esposas como Cristo ama a la iglesia, debemos hacer nuestro mayor esfuerzo para ayudarlas a sentir un amor especial y preferencial. No hay otra cosa, otra actividad ni otra persona que nos importe más que ellas. Nuestras esposas deben sentirse absolutamente amadas por nosotros. Como dice el pastor Alistair Begg:

No hay un regalo más precioso dado a un hombre que atesorar a su esposa. Ella debe ser admirada y apreciada más que todas. Ella debe tener el primer lugar en el corazón de su esposo, en su mente y en sus afectos. Ella debe recibir un cuidado y una atención tan especial que no deje lugar a dudas en cuanto a la estima que le tiene su esposo.1

Un esposo cristiano que se compromete a ser un hombre de una sola mujer pronto descubrirá que las conversaciones también pueden meternos en problemas. ¿Cómo podemos hablar con otras mujeres de una manera que asegure a nuestras esposas que nuestros labios les pertenecen a ellas solamente?

1) Los elogios

En mi ministerio converso con cientos, si no con miles, de personas cada año. Como pastor, me encuentro constantemente tratando de dar comentarios de ánimo a las personas que veo en la iglesia y a aquellos que me saludan después de hablar en una conferencia o en otra iglesia.

Un asunto aparentemente inocente con el que he luchado es si debo elogiar a una mujer por su apariencia. ¿Podría yo, ya siendo un esposo, decirle a alguna mujer: «¡Vaya, qué bien te ves hoy!» O «Te arreglaste el pelo de una manera diferente. ¡Se te ve muy bien!»?

A lo largo de los años, he desarrollado una política personal de nunca elogiar a una mujer sobre su apariencia física a menos que sea mi madre, mi hija o mi esposa. La única excepción que puedo recordar es si la mujer es suficientemente mayor como para ser mi madre y su «brillo» como hermana mayor en Cristo merece una palabra de ánimo.

De lo contrario, he tomado la decisión de no hablar en cuanto a la apariencia física de cualquier mujer que no sea una familiar directa. En esas extrañas ocasiones donde una mujer (ya sea inocentemente o con algún propósito) está buscando un elogio de mi parte, yo le he respondido con una cortesía puntiaguda, diciendo algo como: «¡Dejaré que mi esposa sea quien hable!».

Creo que nosotros, los hombres casados, debemos no solo evitar hablar con las mujeres acerca de su apariencia física, sino también evitar hablar de la apariencia física de cualquier mujer que no sea nuestra esposa. ¿Cómo se sentiría el corazón de mi mujer si hago un comentario como este: «¡Vaya! Jennifer se ve muy bien ahora que perdió esas libras de más»? ¿O qué si, mientras vemos televisión, yo digo «¡Qué mujer tan hermosa!»? Hundiría el corazón de mi esposa al darse cuenta de que mis labios no estaban dedicados a elogiarla a ella solamente en cuanto a su belleza física.

Por tanto, mis palabras necias también dicen a mi esposa que tampoco tengo ojos solo para ella. He estado mirando y aprobando el cuerpo de otra mujer. Mi esposa de seguro se sentirá herida, asumiendo que estoy comparándola con otras mujeres y que ella está perdiendo en estos «concursos de belleza».

2) El coqueteo

Un hábito aún más peligroso que el de los labios es el coquetear con mujeres que no sean nuestras esposas. Algunos hombres toman como deporte coquetear con compañeras de trabajo, con mujeres en el gimnasio o aun con mujeres en la iglesia. Pero este es un juego peligroso. Un pequeño jugueteo puede llevar a conversaciones más amistosas. Estos encuentros aparentemente fortuitos pueden convertirse en reuniones planeadas intencionalmente. Como advierte Steve Farrar:

El problema con estar y hablar a solas es este: Puede que a la mujer le interese lo que tengas que decir. En la medida que discutes tus ideas y tus planes, sin duda vas a sentir que ella te anima. Empezarás a sentir una actitud de comprensión y apreciación que tal vez no has sentido en tu casa en un buen tiempo.2

Puede que pronto te encuentres disfrutando de hablar con otra mujer más de lo que disfrutas hablar con tu esposa, poniendo en juego tu amor por ella. Además, esa otra mujer puede también ser tentada a tener sentimientos pecaminosos hacia ti, un hombre casado. Vas a herir a tu propia esposa, y también al esposo de la otra mujer, si ella está casada.

Evita coquetear. No lo hagas. El consejo de Pablo a Timoteo es igual de útil para nosotros hoy como lo fue en aquel momento: «Trata… a las ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza» (1 Ti 5:1b-2, NVI).

Dedica tus labios solo a tu esposa. Derrama palabras de ánimo y elogios a ella. Dile lo que disfrutas de su pelo, de sus ojos o de sus labios (¡o de todo su cuerpo!). ¿Necesitas ideas? Lee el Cantar de los cantares y utiliza las analogías de Salomón de una manera que sea culturalmente apropiada, por supuesto.

Demuéstrale tu amor sin igual por ella en la manera en que hablas acerca de su atractivo físico, y en la manera en que no hablas del atractivo físico de otras mujeres. Déjale saber que tus labios son de ella y solo de ella.

Adquiere el libro: Físico | Kindle

1. Alistair Begg, Lasting Love, p. 147. 

2. Steve Farrar, Point Man, p. 61. 

Publicado originalmente aquí.

Larry E. McCall es pastor de Christ Covenant Church en Wionna Lake, Indiana, desde 1981. Además de su rol como pastor, da conferencias, charlas y retiros sobre el matrimonio y temas bíblicos diversos. Ha escrito varios artículos y libros, y disfruta pasar tiempo con su esposa Gladine.


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