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Por: J.C. Ryle

Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. – Juan 3:6

 [Lo que es nacido […] carne […] espíritu]. En este versículo, nuestro Señor da a Nicodemo la razón de que el cambio del corazón denominado “nuevo nacimiento” sea tan absolutamente necesario y de que no baste un ligero cambio moral. Nicodemo había hablado de “entrar por segunda vez en el vientre de su madre”. Nuestro Señor le dice que aun si esto fuera posible no bastaría para adecuarle al Reino de Dios. El hijo de padres humanos sería siempre como los padres de los que naciera, aunque naciera cien veces. “Lo que es nacido de la carne, carne es”. Todos los hombres y las mujeres están corrompidos, son pecadores y carnales y están separados de Dios por naturaleza. “Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8). Sus hijos nacerán siempre con una naturaleza como la de sus padres. Obtener algo limpio de algo sucio es proverbialmente imposible. Una zarza nunca puede dar uvas, no importa cuánto se la cuide; y un hombre natural jamás será un hombre piadoso sin el Espíritu. Para que la naturaleza del hombre sea verdaderamente espiritual y se adecue al Reino de Dios, es preciso que entre en ella un poder exterior: “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”.

La frase es indudablemente muy elíptica y está expresada en términos abstractos. Es como las palabras de S. Pablo: “Los designios de la carne son enemistad contra Dios” (Romanos 8:7). Pero el significado general es inequívoco. La naturaleza humana está tan completamente caída, y es tan corrupta y tan carnal, que por generación natural no puede salir de ella más que un fruto caído, corrupto y carnal. No hay capacidad de autocuración alguna en el hombre. Se reproducirá a sí mismo perennemente. Para volverse espiritual y apto para la comunión con Dios no basta nada que no sea la entrada del Espíritu de Dios en nuestros corazones. En pocas palabras, debemos experimentar ese nuevo nacimiento del Espíritu que nuestro Señor describe dos veces a Nicodemo.

Me inclino a pensar junto con Poole y Dyke que, en este versículo, la palabra “carne” tiene dos sentidos. Según el primero, hace referencia al cuerpo natural del hombre, como en Juan 1:14. Según el segundo, hace referencia a la naturaleza carnal corrupta del hombre, como en Gálatas 5:17. Podemos aplicar el mismo comentario a la palabra Espíritu. En el primer caso hace referencia al Espíritu Santo, y en el segundo a la naturaleza espiritual que produce el Espíritu. La descendencia de todos los hijos de Adán es carnal. La descendencia del Espíritu es espiritual. Ni la virtud, ni la clase social, ni el dinero, ni la educación de los padres evitará que un hijo tenga un corazón corrupto si es nacido naturalmente de la carne. Nada salvo nacer de nuevo del Espíritu puede hacer que alguien sea espiritual.

Al considerar este versículo, debemos recordar cuidadosamente que no se puede aplicar a la naturaleza humana de nuestro Señor Jesucristo. Aunque tenía un verdadero cuerpo como el nuestro, no era “nacido de carne” como nosotros, por generación natural, sino que fue concebido por medio de la milagrosa operación del Espíritu Santo.

*John Charles Ryle fue un obispo evangélico anglicano inglés. Fue el primer obispo anglicano de Liverpool y uno de los líderes evangélicos más importantes de su tiempo. 


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