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Por: DAVID MATHIS*

Jabes fue más ilustre que sus hermanos, y su madre lo llamó Jabes, diciendo: «Porque lo di a luz con dolor». Jabes invocó al Dios de Israel, diciendo: «¡Oh, si en verdad me bendijeras, ensancharas mi territorio, y Tu mano estuviera conmigo y me guardaras del mal para que no me causara dolor!». Y Dios le concedió lo que pidió (1 Cr 4:9-10).

Quizás hayas oído hablar de Jabes. Si no, tal vez sea el momento de conocer su historia.

Hace poco más de veinte años, pocos, aparte de los lectores atentos de las genealogías del Antiguo Testamento, habrían conocido su nombre. Pero eso cambió casi de la noche a la mañana. Todavía hoy, la simple mención de Jabes entre los cristianos de más edad puede suscitar respuestas muy diversas.

La historia completa es más larga de lo que conozco bien o deseo contar, pero el autor Bruce Wilkinson, que cofundó con su mentor Howard Hendricks el ministerio Walk Thru the Bible (Caminar a través de la Biblia) en 1976, publicó en el año 2000 la obra de noventa páginas The Prayer of Jabez [La oración de Jabes]. En ella cuenta que a principios de los años setenta, cuando era estudiante de seminario, escuchó un conmovedor mensaje del pastor Richard Seume (1915-1986). (Curiosamente, John Piper se sentó bajo la predicación de Seume en la Wheaton Bible Church a finales de la década de 1960, cuando Piper era estudiante universitario. Dice: «Recuerdo cómo el pastor Seume tomaba los textos más oscuros y encontraba en ellos diamantes sobre los cuales predicar»).

Aquel sermón sobre Jabes, de 1 Crónicas 4:9-10 —los dos únicos versículos de la Biblia que mencionan a Jabes—, dejó tal impresión en Wilkinson que empezó a orar diariamente las palabras de Jabes para sí mismo. Cuando publicó el libro en el año 2000, llevaba treinta años haciéndolo todos los días. Recitar la oración de Jabes a diario le pareció a Wilkinson que liberaba (una palabra que se repite en el libro) las compuertas de las bendiciones de Dios sobre su vida y su ministerio. El libro se convirtió rápidamente en un éxito de ventas arrollador, y es uno de los pocos libros cristianos de todos los tiempos que ha vendido más de diez millones de copias.

Leí el libro corto de Wilkinson como estudiante universitario en el año de su publicación (más o menos al mismo tiempo que conocí a Piper y Sed de Dios). No recuerdo en detalle cómo me impactó la lectura de Jabes en ese entonces. Recuerdo cierto entusiasmo, y recuerdo que a veces hacía eco de la oración como si fuera mía. Sin embargo, por las razones que fueran, no adquirí el hábito de orarla diariamente. El destello pronto se desvaneció. Así que no he orado la oración de Jabes todos los días durante los últimos veinte años, aunque espero que el libro (y esa breve temporada) tuvieran algún impacto positivo duradero.

¿El evangelio de Jabes?

Mirando ahora hacia atrás (y admitiendo que la retrospectiva es mucho más clara), resumiría el fenómeno Jabes así: los desequilibrios del libro provocaron mayores desequilibrios en muchos lectores, especialmente en los menos anclados en las Escrituras. Muchos lectores asumieron que habían encontrado alguna oración olvidada durante mucho tiempo para desbloquear las bendiciones de Dios. Al releer el libro recientemente, me di cuenta de que el libro dejaba esta puerta abierta, e incluso se inclinaba a veces sutilmente en esta dirección. (Como editor, me pregunto qué papel desempeñó el coautor a la hora de hacer que el mensaje de Wilkinson fuera contundente, desechando los matices y extendiéndolo a un público lo más amplio posible. El nombre del coautor no aparecía en la portada original, ni en el libro en absoluto, pero ahora aparece en letras minúsculas en la nueva portada).

Desde las primeras líneas del prefacio, se siembran semillas con palabras como «siempre» y «la clave», palabras que haríamos bien en utilizar con moderación en una generación de inflación lingüística como la nuestra:

Quiero enseñarte a orar una oración audaz que Dios siempre responde. Es breve —solo una frase con cuatro partes— y, aunque está escondida en la Biblia, creo que contiene la clave para una vida con el extraordinario favor de Dios. Esta oración ha cambiado radicalmente lo que espero de Dios y lo que experimento cada día por Su poder (p. 7, énfasis añadido).

Podría señalar exageraciones y desequilibrios similares a lo largo del breve libro. También podría señalar algunos aciertos (que habrían sido más fáciles de celebrar en el año 2000, antes de ver los efectos generalizados en los lectores). Para empezar, Wilkinson califica la palabra bendecir como «bondad que solo Dios tiene el poder de conocer o darnos» (p. 23). En palabras del propio Wilkinson, no está enseñando teología del «decláralo y decrétalo», y rechaza claramente lo que ahora llamamos «el evangelio de la prosperidad» (p. 24). También menciona admirablemente el vivir según la voluntad de Dios y para la gloria de Dios (pp. 32, 48, 57) y plantea esta pregunta sobre el «sueño americano»:

¿Entendemos realmente lo lejos que está el sueño americano del sueño de Dios para nosotros? Estamos inmersos en una cultura que adora la libertad, la independencia, los derechos personales y la búsqueda del placer (p. 70).

Este tipo de cuestionamiento surge de vez en cuando, pero está claro que no es el énfasis. Muchos lectores parecieron captar la idea y saltarse las advertencias. Siguieron los «siempre» y «la llave» y los muchos ejemplos de bendiciones temporales, pero no encontraron en el libro un llamado a deseos nuevos, a un corazón nuevo y a un nuevo nacimiento, a convertirse en una persona nueva y así ofrecer oraciones nuevas de formas nuevas que invierten muchas expectativas naturales.

¿Orar repetidamente?

Aunque podría decir más sobre lo bueno y lo malo, voy a reducirlo a lo que puede haber sido el principal desequilibrio del libro: el capítulo final y el encargo.

Quizá el mayor problema en la práctica sea tomar un sermón sobre Jabes potencialmente bueno, que de otro modo podría informar sobre una vida de oración dinámica, auténtica y atractiva, y terminar con el encargo de «hacer que la oración de Jabes para recibir bendiciones forme parte del tejido cotidiano de tu vida» (p. 87). Puede que todo esto sea demasiado predecible en el género de la autoayuda, pero es difícil no ver un desequilibrio evidente cuando se trata de una explicación de un pasaje de las Escrituras. ¿Debemos elevar cualquier pasaje al nivel de «ora esto a diario», por no hablar de dos versículos «escondidos» en una genealogía? Wilkinson continúa: «Te animo a que sigas inquebrantablemente el plan aquí expuesto durante los próximos treinta días. Al cabo de ese tiempo, notarás cambios significativos en tu vida, y la oración estará en camino de convertirse en un hábito atesorado y para toda la vida» (p. 87).

Aquí hay, al menos, un grave problema de proporción: primero con esta oración (¿y qué hay de las oraciones mucho más prominentes de la Escritura?), luego con hacerla a diario, y luego con seguir este plan inquebrantablemente. Y con ello, la promesa de que «notarás cambios significativos en tu vida» en solo treinta días.

En definitiva, podríamos decir que un grave defecto de este libro cristiano es la facilidad con que se acomoda a paladares no regenerados, apelando principalmente a los deseos naturales, incluso entre los que han nacido de nuevo. También falta mucho, y desde el principio, una visión bíblica de los dolores y sufrimientos de la vida en esta época. (Para los interesados, Tim Challies cuenta la historia del «Sueño para África» de Wilkinson, impulsado por Jabes, y su «rotundo fracaso» pocos años después del «éxito» del libro).

¿Podemos orar con Jabes?

¿Qué debemos hacer hoy, unos veinte años después? El antídoto contra la vana repetición de las Escrituras no consiste en desecharlas. Más bien, queremos que toda la Biblia y todas sus oraciones, no solo una o dos, informen y den forma a nuestra vida de oración por el resto de nuestras vidas. En cuanto a la oración de Jabes, podríamos preguntarnos qué podemos extraer, como cristianos, de una genealogía inspirada, no a modo de mantra para repetir, sino a través de principios atemporales que guíen y den energía a una vida dinámica de oración.

La historia de Jabes sobresale de lo que tiene alrededor. Es fácil para mí imaginarme tomando estos dos versículos como texto para un sermón, como hizo Seume, para celebrar los principios bíblicos que se encuentran aquí y en otros lugares de las Escrituras y tratar de informar sobre el todo de la vida de oración de un cristiano. Una realidad importante sobre la que Wilkinson no llama la atención, pero que hace que la historia de Jabes y su oración sean quizá aún más inspiradoras, es su contexto en el linaje de Judá. Este es el linaje de los reyes. Jabes está rodeado de antepasados y contemporáneos de la realeza, pero nació con dolor, como recuerda el nombre de Jabes (similar al hebreo para dolor). Tomar nota de este contexto puede ayudarnos mucho a ver el efecto en los lectores originales; a leer el relato a la luz de la historia redentora, que culmina en el León de Judá; y a recibir hoy y aprender de la oración en equilibrio.

Consideremos, pues, qué lecciones podemos extraer de Jabes junto con todo el testimonio de las Escrituras para nuestra propia vida de oración.

1. Dios rescata del dolor (en Su tiempo)

Su madre lo llamó Jabes, diciendo: «Porque lo di a luz con dolor».

No se nos dice cuál fue el dolor en particular. Hay belleza en ello. Ese dolor no especificado nos invita a identificarnos con Jabes e imitarle, sea cual sea nuestro dolor. Al fin y al cabo, todos nacemos con dolor (Gn 3:16), en un mundo enfermo por el pecado y asolado por el dolor, siendo pecadores y «por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (Ef 2:3).

Sea cual sea el origen, la vida de Jabes tuvo un comienzo duro. Pero al parecer no se regodeó en ello ni se resignó a la condición de víctima. Tampoco trató de compensarlo con su propia fuerza y determinación. Más bien, se dirigió a Dios. «Jabes invocó al Dios de Israel» y, al hacerlo, dirigió su atención y su fe en la dirección correcta.

Nuestro Dios es ciertamente un rescatador. No promete mantener a Su pueblo libre de dolor, pero se complace en rescatarnos del dolor una vez que estamos en él. Y lo más importante, no según nuestro plan, sino según el Suyo. Algunos rescates divinos llegan rápidamente; muchos no. Muchos de los santos más admirables han soportado grandes dolores durante toda su vida terrenal.

2. Dios (a menudo) hace crecer la influencia fiel

¡Oh, si en verdad me bendijeras, ensancharas mi territorio…

Es bueno buscar la bendición de Dios y, en particular, hacerlo en los términos de Dios. Buscar ampliar la propia frontera, o expandir el espacio y la influencia, es profundamente humano por designio de Dios desde el principio: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio» (Gn 1:28). Cristo mismo encargó a Sus discípulos que ampliaran las fronteras de Su reino, haciendo discípulos a todas las naciones (Mt 28:19).

Incluso alguien tan ejemplar y humilde como el apóstol Pablo daría testimonio de su ambición santa, bajo Cristo, de ampliar las fronteras de su influencia, pasando por Roma hasta España (Ro 15:23-24). Pablo también escribe con franqueza a los corintios acerca de crecer «dentro de nuestra esfera, engrandecidos aún más por ustedes, para predicar el evangelio aun a las regiones que están más allá de ustedes» (2 Co 10:15-16). Dios quiere que Su pueblo ore para ampliar su influencia, no para su comodidad personal, sino para el avance del evangelio, para el fortalecimiento de las iglesias, para servir a la gran misión y a los propósitos de Cristo en el mundo.

Estas son las oraciones que Dios suele responder, pero no siempre. ¡Oh, qué diferencia hay en tan pocas palabras! Y una vez que hayamos orado por la ampliación figurada de nuestras fronteras, por amor a Cristo, debemos estar preparados para que Dios haga un cálculo y una medición muy diferentes de lo que podríamos esperar.

3. Dios (a menudo) nos da fuerza cuando se la pedimos

…y Tu mano estuviera conmigo…

Sí y amén a pedirle a Dios que Su mano esté con nosotros; Su mano, que significa Su poder, fuerza y ayuda. Es significativo que Jabes no solo quería una donación grande y por adelantado de Dios para luego volverse y cultivar con su propia fuerza. Más bien, Jabes reconoce que su propia fuerza no será suficiente. Necesita la ayuda de Dios en cada paso del camino.

Quizá sus comienzos humildes y dolorosos le enseñaron esta lección antes que a la mayoría. Jabes fue «honrado» (más que sus hermanos) no por su nacimiento noble, gran riqueza y habilidad manifiesta, sino porque reconoció sus propias debilidades y limitaciones y pidió a Dios que fuera su fortaleza. Que Jabes superara a sus hermanos muestra la fuerza de Dios. Jabes suplica que la mano de Dios esté con él, y al hacerlo, Jabes admite (como todo ser humano debería) que su propio poder y habilidad no son adecuados.

4. Dios nos protege de (algunos) daños

…y me guardaras del mal para que no me causara dolor!

Por último, Jabes pide a Dios protección. Es bueno orar a nuestro Dios para que nos proteja del mal y del dolor. Incluso sabiendo que a veces nos conduce, como hizo con Su propio Hijo, al desierto y al valle de sombra de muerte.

También Jesús nos enseñó a orar: «No nos metas en tentación» (Lc 11:4), y en el huerto, la noche antes de morir, ordenó dos veces a Sus hombres: «Oren para que no entren en tentación» (Lc 22:4046). Dios realmente nos libra de algunas tentaciones en respuesta a nuestras oraciones. La oración importa. El Dios soberano elige gobernar el universo de tal manera que, bajo Su mano, algunos acontecimientos suceden (o no) porque Su pueblo oró. ¿Quién puede imaginar de qué tentaciones y daños se han librado innumerables santos porque pidieron humildemente al Padre?

Nuestro Dios no promete guardarnos de todo mal, ni de toda tentación. De hecho, se nos promete que «es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hch 14:22). Por tanto, no deberíamos dar por supuesta tal protección, como tampoco es un desperdicio de aliento pedirla.

Dios le concedió lo que pidió

Que Dios concediera a Jabes lo que pidió no significa que Dios lo hiciera de la manera que Jabes imaginó o en el tiempo que Jabes esperaba. Lo mismo ocurre con nosotros. Dios se complace en responder a las oraciones de Sus hijos, pero no debemos suponer que lo hará cuando nosotros queramos y como nosotros prefiramos. Él es «poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Ef 3:20). Él responde y exalta a Sus fieles «a su debido tiempo» (1 P 5:6), y en Sus términos, no en los nuestros.

Cuando Sus hijos piden pan o pescado o un huevo, nuestro Dios no les da una piedra o una serpiente o un escorpión (Mt 7:9-11Lc 11:11-13). No les da, al final, algo peor a lo que pidieron, sino mejor. Él sabe cómo dar buenos dones a Sus hijos, y mucho más de lo que típicamente pedimos —y de forma culminante, se nos da a Sí mismo. Pero no a nuestro antojo y no en respuesta a palabras bíblicas repetidas como loros.

La oración de Jabes no es una promesa de que Dios hará lo que le pidamos y en el momento que queramos. Sin embargo, 1 Crónicas 4:9-10 es un llamado enérgico a los que no oran, y a los que sufren, para que se acerquen al Descendiente más grande de Judá. Nuestro Dios redime a Su pueblo. Él trae gozo a los amargados. Él honra a los afligidos. Enaltece a los humildes. Él da la corona de gloria a los avergonzados. Resucita a Su Hijo crucificado. En Cristo, Dios pone nuestro mundo de cabeza, incluidas nuestras oraciones.

Publicado originalmente en Desiring GodTraducido por Eduardo Fergusson.

David Mathis (@davidcmathis) es anciano en Bethlehem Baptist Church en Twin Cities, y es editor ejecutivo en Desiring God. Él escribe regularmente en www.desiringGod.org.


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