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Por: Miguel Núñez

Este artículo forma parte de la serie «95 tesis para la iglesia de hoy» del Pastor Miguel Núñez

La disciplina de la iglesia es indispensable para honrar la santidad de Dios y guardar la santidad de la iglesia

Basada en Mateo 18:15-20

La disciplina de la iglesia es vista como un proyecto tan odioso que ha caído en desuso, cuando en realidad es algo esencial para la salud y la santidad de la iglesia e incluso para beneficio del disciplinado. La Palabra de Dios nos revela que “a quien Dios ama, disciplina” (ver Hebreos 12:6). La disciplina de Dios y, por tanto, la disciplina de la iglesia, cuando es ejercida bíblicamente, es otra manifestación del amor de Dios. Cuando Jesús habla por primera vez acerca de la iglesia, habla de esta institución en el contexto de la disciplina.

En Mateo 18:15 leemos: “Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas”. De manera que el proceso comienza con tu hermano de forma privada. “Si él te escucha, has ganado a tu hermano”. Eso nos da la idea de que la disciplina de la iglesia no es simplemente algo que corresponde a los líderes; nos corresponde a todos, porque todos debemos estar interesados en la santidad de la iglesia: en salvaguardar el nombre de Cristo. ¿Qué ocurre cuando ese hermano no te escucha? La Palabra nos instruye también: “Entonces ve con dos o tres que te sirvan de testigos” (Mateo 18:16). Haciendo esto, estarás ejerciendo un poco más de presión sobre el hermano para que él pueda ver con mejor claridad la importancia que tiene para su propia vida este proceso. Si claridad la importancia que tiene para su propia vida este proceso. Si ganas a tu hermano en ese momento porque te escuchó, pues ahí termina todo; no hay necesidad de hacer esto más público. Pero si no te escucha, el mismo texto de Mateo 18 nos instruye en lo que debemos hacer: decirlo a la iglesia (Mateo 18:17). La idea no es que la Iglesia comience a chismear sobre el asunto, sino que personas de la iglesia que conozcan a tu hermano, por un período determinado, puedan llamarlo y aconsejarlo, y tratar de que él se pueda arrepentir; con lo cual evitarías mayores consecuencias en el futuro. Pero si ese hermano no se arrepiente, el texto dice que lo trates como “un gentil o publicano” (Mateo 18:17). Lo que nos dice el texto es que hay una alta probabilidad de que este hermano, que no respondió a la acción del Espíritu de Dios por diferentes personas, probablemente no sea un convertido.

Por tanto, la disciplina de la iglesia tiene el propósito no solo de salvaguardar la santidad de Dios, sino de proteger al hermano de mayores consecuencias; y en muchos casos, incluso, de poder filtrar quién es verdaderamente un cristiano y quién no lo es. Es esencial para una iglesia sana mantener el proceso disciplinario. Ahora bien, tenemos que tener cuidado de cómo lo llevamos a cabo: sentar a una persona en la última fila de asientos porque está bajo disciplina no es algo que realmente corresponda con el patrón bíblico; impedir que alguien que ha sido disciplinado, que ha experimentado arrepentimiento y que ha sido perdonado por la iglesia participe de la Cena del Señor no es, probablemente, un lineamiento bíblico tampoco. Si tu hermano ha sido perdonado por Dios y ha sido perdonado por la iglesia, y él muriera en ese instante, participaría, finalmente, en la gran cena del Señor. El hermano debe sentirse amado a través del proceso disciplinario. Nosotros los líderes deberíamos estar cerca de ese hermano durante todo el proceso, de la misma manera que un médico está más cerca del paciente herido que en cualquier otro tiempo. Aprendamos a amar a través de la disciplina. través de la disciplina.


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