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Por: Ana Ávila

Recuerdo con cariño a mi primer pastor, quien ama los datos y los números. Él usaba toda clase de información cuantitativa en las introducciones e ilustraciones de sus predicaciones, para alegría de una aspirante a científica como yo.

Un día, el pastor decidió no conformarse con la información que nos llegaba de Estados Unidos, «el país de las estadísticas», como él le llamaba. Decidió emprender su propio análisis dentro de la congregación. Los miembros de la iglesia respondieron una encuesta en la que se registraba su sexo, edad, tiempo que llevaban en la congregación; se les preguntaba sobre diversos asuntos, entre ellos si estaban involucrados o no en algún servicio ministerial de la iglesia local.

Los resultados sorprendieron y preocuparon a mi pastor: solo el 40 % de las personas estaban involucradas en un ministerio de manera activa. Recuerdo vagamente el domingo en el que nos presentó los resultados de la encuesta. Lo que más quedó grabado en mi memoria fue su profunda desilusión: «¡¿Cómo es posible que más de la mitad de los miembros de esta iglesia no estén sirviendo a la iglesia?!».

Si bien entiendo que se haya sentido decepcionado —es posible que muchos, sino es que la mayoría, de los que llenaron la encuesta no tenían interés en usar su tiempo y energía en el servicio a la congregación—, hoy comprendo que la conclusión de su análisis no fue necesariamente la más acertada. Cuando menos fue precipitada. En su mente había una falsa dicotomía: o estás sirviendo en un ministerio formal en la iglesia local o no estás comprometido con la misión de la iglesia.

La realidad, sin embargo, es que uno puede estar profundamente comprometido en la misión de hacer discípulos de Jesús y usar sus dones para edificación del cuerpo de Cristo sin formar parte de un ministerio formal en la congregación a la que pertenece.1

Servir en la reunión no es la única manera de servir 

Si somos honestos, no hay demasiados lugares en donde podamos servir durante un servicio dominical de la iglesia.

La congregación en la que crecí contaba con unas 400 personas, con dos servicios cada domingo. ¿Cómo podrían encontrar todos algo que hacer con regularidad cada semana? Tenemos a los músicos y cantantes de la alabanza, a los maestros de niños, a los anfitriones, al predicador y al que dirige la liturgia y da los anuncios. Dependiendo del tamaño de la iglesia, se podrían necesitar entre diez y cincuenta personas para que el servicio se ponga en marcha. ¿Qué pasa con el resto de los que se congregan?

Claro, algunas iglesias más grandes tienen servicios con logística más compleja, pero el problema es el mismo: quizá necesitas cientos de servidores cada domingo, pero tienes miles de asistentes a tu iglesia. ¿Cómo los involucras a todos? Por supuesto, hay que turnarnos (¡no es sano que una persona sirva todo el tiempo sin descanso!), pero para que a todos nos toque servir un domingo, pasaríamos muchos meses sin hacer nada para la iglesia. ¿Eso sería entonces estar «comprometido con la misión»? ¿«Servir» unas cuantas veces al año?

A veces el dilema se resuelve gracias a iniciativas adicionales a los servicios de la iglesia los domingos —misericordia, solteros, mujeres, jóvenes, teatro, comunicaciones, etc. Tales iniciativas ciertamente permiten que más personas puedan servir, usar sus dones y estar involucradas en el ministerio formal de la iglesia y comprometidas con la misión.

Sin embargo, aunque estas iniciativas no son malas en sí mismas (de hecho, muchas veces son necesarias), pienso que el impulso de crear estructuras organizacionales cada vez más y más complejas, simplemente con el objetivo de que todos los miembros de la congregación estén involucrados en el servicio, muchas veces revela que se nos olvida una verdad importantísima: servir en las reuniones e iniciativas formales de la iglesia no es la única manera de servir a la iglesia.

La Escritura nos dice que cada miembro del cuerpo de Cristo ha recibido dones para edificar a los otros miembros del cuerpo y así todos juntos ser cada vez más como Jesús (Ef 4:1-16). Dejando para otro momento el controvertido tema de saber exactamente «cuál es tu don», es crucial que empecemos por reconocer que seas quien seas, por gracia de Dios, tienes algo que ofrecer en servicio a los demás. Y el propósito de ese don no es la edificación del servicio dominical (¡aunque ciertamente puede incluirlo!), sino la edificación del cuerpo de Cristo.

Cómo servir a tu iglesia local fuera de la reunión de la iglesia local:

Hoy soy parte de una pequeña plantación en la Ciudad de Guatemala. Una de las cosas que más admiro de mis pastores es que mantienen las reuniones formales de la iglesia escasas y sencillas. No se necesitan muchos servidores para mantener funcionando la reunión (y nadie sirve todos los domingos, ni siquiera los pastores). Usualmente tenemos solo una reunión formal en la semana (a veces dos). ¿Por qué?

En palabras de mis pastores: «Queremos que la iglesia tenga tiempo para ser iglesia fuera de las cuatro paredes de la iglesia». Cada miembro es exhortado a usar sus dones fuera del contexto de las reuniones formales para edificarse unos a otros. No tiene que ser nada complicado. Estos son algunos ejemplos de cosas que han estado sucediendo en mi propia iglesia local y que podrían inspirarte a servir a tu propia comunidad de creyentes.

1. Leer

Esta es una de mis maneras favoritas de servir y conocer más a mis hermanas de la iglesia. Selecciono un libro de la Biblia, lo divido en secciones que podamos abordar en un periodo de entre cuatro y ocho semanas, e invito a varias mujeres a pasar un par de horas en mi casa, después de que los niños se han ido a la cama.

Procuro invitar a aquellas hermanas con las que naturalmente no paso mucho tiempo. No hay una gran preparación ni enseñanza formal: simplemente abrimos nuestras biblias, leemos y oramos juntas, tomando café y comiendo pan. Son momentos sencillos que atesoro en mi corazón; hay pocas cosas más hermosas que acompañar a una nueva creyente mientras abre su Biblia por primera vez y entiende poco a poco lo que Dios revela en las páginas de las Escrituras.

2. Compartir

Tengo una amiga con un gran corazón por las madres jóvenes. En lugar de armar un evento formal en el que se prepare un desayuno para mujeres o algo por el estilo, mi amiga abrió su casa para recibir a las madres de niños pequeños que estuvieran buscando una comunidad con la que compartir sus luchas y victorias.

Otros en nuestra iglesia local han hecho grupos de lectura (¡tenemos una minibiblioteca!) y algunos se han reunido para profundizar en sus amistades sacando a pasear a sus perros juntos o jugando básquetbol. La iglesia se edifica mutuamente al compartir la vida cotidiana con Jesús en el centro.

3. Jugar

¿Quién dijo que se necesita un campamento de cinco días con horas de música y actividades para servir a los niños de la congregación?

Mis hijos han sido sumamente bendecidos al ser cuidados por amigos muy queridos de la iglesia, tanto solteros como parejas casadas. Ellos sacan a mis hijos al parque o a una feria, leen libros o ven películas juntos, animándolos a compartir de manera casual lo que hay en sus corazones y apuntándolos a Jesús entre risas y juegos en una tarde cualquiera. Mis hijos no son los únicos que se benefician de estos momentos. Mi esposo y yo aprovechamos para descansar y tener un almuerzo tranquilo juntos, fortaleciendo nuestro matrimonio.

4. Cocinar

Ser hermanos significa aliviar las cargas de los otros. A veces podemos ayudar con cargas muy pesadas, pero quitar las cargas pequeñitas puede ser también un gran alivio… como la carga de qué vamos a comer el día de hoy. Cada semana en nuestras iglesias hay personas que están pasando por enfermedades, situaciones económicas complicadas, nacimientos, muertes y demás. Quizá no podemos hacer nada para «resolver» su dificultad, pero sí podemos hacer que atravesar esa dificultad sea un poco más sencillo para ellos.

Lo único que se necesita es una lista y hacer unas cuantas llamadas. De nuevo, no tiene que ser un «ministerio formal de misericordia» —aunque si eso existe en tu iglesia, ¡genial!—, simplemente puedes ser un hermano que ayuda a otro hermano.

5. Enseñar

Hace un par de años, cuatro familias de tres iglesias locales diferentes pero muy cercanas, incluyendo la mía, nos reunimos para iniciar un pequeño colegio para nuestros hijos. Sí: fundamos una escuela en la que Jesús está al frente y al centro.

Empezamos en mi casa, con nueve alumnos y tres maestros; ahora hay cerca de cuarenta estudiantes y diez profesores (¡ya no están en mi casa!). Los padres de familia estamos íntimamente involucrados con las actividades del colegio: algunos dan clases, otros preparan eventos y otros guían a los chicos en la Palabra y la oración. Cada uno hace lo que puede, de acuerdo con las habilidades que el Señor les ha concedido.

Si bien nuestro colegio es ahora una organización «formal», sigue sintiéndose como una familia en la que nuestros hijos pueden crecer en inteligencia y el temor del Señor cada día. Todo inició cuando una mujer estuvo dispuesta a usar sus habilidades como educadora para servir a su comunidad local. Ella es ahora la directora del colegio y agradecemos cada día por su vida.

Eres parte de la iglesia, sirve a la iglesia

Cristo no pagó el precio por nuestros pecados para que meramente estemos sentados en la casa u oficina esperando Su regreso, reuniéndonos con la iglesia de vez en cuando para «llenar nuestras baterías espirituales». Por gracia, Cristo nos concedió el don del Espíritu Santo, quien nos da dones para edificarnos entre nosotros y crecer más a la imagen de Jesús.

Sirve a tu iglesia. No esperes a saber exactamente «cuál es tu don» o a que te den un lugar «oficial» en alguna iniciativa de la congregación. Servir en las reuniones formales es maravilloso, pero es solo un aspecto de lo que Dios demanda de nosotros. Observa las necesidades que hay a tu alrededor y busca cómo suplirlas. Actúa. Dios guiará tus pasos.

Recuerda que, hasta que Jesús regrese, tenemos trabajo que hacer. Vivamos en la misión, edificando a nuestros hermanos usando todo lo que tenemos —nuestro tiempo, energía, habilidades— para la gloria del Señor. Nadie nos tiene que dar una credencial con nuestro nombre y «puesto» para hacerlo.

1. Y también es cierto que uno puede estar muy comprometido en un ministerio formal de la congregación sin estar sirviendo de corazón a la iglesia, pero ese es otro tema y debe ser tratado en otra ocasión. 

Publicado originalmente aquí.

*Ana Ávila es escritora senior en Coalición por el Evangelio, Química Bióloga Clínica, y parte de Iglesia El Redil. Es autora de «Aprovecha bien el tiempo: Una guía práctica para honrar a Dios con tu día». Vive en Guatemala junto con su esposo Uriel y sus dos hijos. Puedes encontrarla en YouTubeInstagram y Twitter.


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