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Por: Thomas Brooks

Este artículo forma parte de la serie: Enmudecido bajo la disciplina de Dios.

La tercera razón por la que las almas llenas de gracia deben guardar silencio y enmudecer bajo sus pruebas más intensas es para que puedan ser semejantes a Cristo, su cabeza, que enmudeció y guardó silencio bajo Sus pruebas más dolorosas. «Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca» (Is. 53:7). Cristo tuvo su lengua atada bajo todas Sus angustias y sufrimientos:

«Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 P. 2:21-23).

A Justino Mártir se le preguntó cuál fue el mayor milagro que nuestro Salvador Jesucristo hizo, y respondió: Patientia ejus tanta in laboribus tantis (Su grandísima paciencia en su grandísima aflicción). Cristo en la cruz no solo nos predicó de la paciencia y el silencio, sino que también nos ha presentado «una copia» o modelo de ambos, para que los transcribamos e imitemos cuando estemos bajo la vara aflictiva.

Será nuestro pecado y vergüenza si no sobrellevamos con paciencia y silencio todos nuestros sufrimientos, considerando el admirable ejemplo que Cristo ha puesto delante de nosotros. Se dice de Antíoco que antes de ir a la batalla contra Judas, capitán del ejército de los judíos, mostró a sus elefantes la sangre de las uvas y las moras para provocarlos a pelear mejor.»

De la misma manera, el Espíritu Santo ha puesto ante nosotros las injurias y los ultrajes, las angustias y los sufrimientos, los dolores y los tormentos, el sudor y la sangre de nuestro querido Señor, y Su invencible paciencia, y Su admirable silencio bajo todo, para provocarnos y animarnos a imitar al Capitán de nuestra salvación, con paciencia y silencio bajo todos nuestros sufrimientos.

Jerónimo, habiendo leído la vida y muerte de Hilarión  -uno que vivió con gracia y murió confortablemente – cerró el libro, diciendo: «¡Bien! Hilarión será el campeón al que seguiré, su buena vida será mi ejemplo y su buena muerte mi precedente». ¡Oh! Cuánto más deberíamos decir todos:

Hemos leído cómo Cristo ha sido afligido, oprimido, angustiado, despreciado, perseguido, etc. Hemos leído cómo enmudeció, ató Su lengua, fue paciente y guardó silencio bajo todo. ¡Oh, Él es el ejemplo que debemos copiar, el modelo por el que debemos andar, el campeón que debemos seguir!.

Pero, ¡ay! Cuán raro es encontrar a un hombre que pueda ser aplaudido con el elogio de Salviano: «Un excelente discípulo de un extraordinario maestro». Los paganos tenían entre ellos esta noción, como relata Lactancio, de que la manera de honrar a sus dioses era ser como ellos, por lo que algunos eran considerados impíos por deshonrar a sus dioses siendo diferentes a ellos. Estoy seguro de que la manera de honrar nuestro Cristo es siendo como Él en paciencia y silencio, especialmente cuando la vara aflictiva está sobre nuestras espaldas y la copa amarga es puesta en nuestras manos.

Tomado del libro de Thomas Brooks “El cristiano enmudecido bajo la disciplina de Dios”

*Thomas Brooks (1608-1680): Predicador congregacional; autor de Preciosos remedios contra las artimañas de Satanás (Precious Remedies against Satan’s Devices). Lee más datos biográficos EN ESTE ENLACE.


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