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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

¿Por qué ponemos nuestra esperanza en la cruz de nuestro Señor Jesucristo y, aun así, le pedimos a la ley que haga lo que solo la gracia puede realizar?

Sucede todos los días en los hogares cristianos alrededor del mundo. Padres con buenas intenciones, deseosos de ver a sus hijos hacer lo que es correcto, le piden a la ley que haga en las vidas de sus hijos lo que solo la gracia puede cumplir.

Piensan que si cuentan con las reglas, las reprimendas o amenazas adecuadas y con una constante ejecución de estas, entonces sus hijos estarán bien. Estos padres parecen no entender que han reducido su rol a meros fiscales, jueces y carceleros. Piensan que su trabajo es hacer cualquier cosa que pueda moldear, controlar y regular el comportamiento de sus hijos. Con el afán de buscar controlar su comportamiento, recurren a las amenazas (“Te haré temer lo suficiente para que no vuelvas a hacer esto”), manipulación (“Encontraré algo que realmente deseas y te diré que te lo daré solo si me obedeces”) y culpa (“Te haré sentir tan mal, tan avergonzado, que decidirás no hacer esto nuevamente”).

Esta forma de pensar niega dos principios bíblicos. El primero es que, antes de ser un tema de comportamiento, el pecado es un asunto del corazón. Pecamos porque somos pecadores. Por ejemplo, la ira es siempre un asunto del corazón antes de ser un acto de agresión física. Es importante que reconozcamos esto, ya que ningún ser humano tiene el poder de cambiar el corazón de otro ser humano.

El segundo principio es que, si las amenazas, la manipulación y la culpa pudieran hacer cambios duraderos en las vidas de otras personas, Jesús no tendría que haber venido al mundo. Así que esta forma de pensar niega el evangelio que decimos apreciar. En efecto, le pide a la ley que haga lo que solo Dios con su maravillosa gracia puede realizar. Si niegas el evangelio en cualquier nivel, intentarás crear, con medios humanos, lo que solo Dios puede crear con Su gracia poderosa, y eso nunca te llevará a algo bueno.

Gracias a Dios, Él no ha dejado a nuestra suerte el poder para cambiar. Él nos da Su gracia transformadora y nos llama a ser instrumentos de esa gracia en Sus manos redentoras. Nos quita la carga del cambio de nuestros hombros y nunca nos llama a hacer aquello que solo Él puede hacer. Expongamos, pues, a nuestros hijos a la ley de Dios y ejerzamos autoridad; al mismo tiempo busquemos ser herramientas de cambio en las manos del Dios cuya gracia es mayor que todos los pecados que enfrentamos.

Para profundizar y ser alentado: Romanos 5:12-21


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