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Por: Miguel Núñez

Este artículo forma parte de la serie «95 tesis para la iglesia de hoy» del Pastor Miguel Núñez

El discipulado es cada cosa que un discipulador hace de manera intencional con la idea también intencional de ir formando el carácter de Cristo en los demás.

Basada en 1 Tesalonicenses 2:8

A lo largo de la historia de la Iglesia siempre se ha insistido en la necesidad de discipular. Pero muchas veces hemos malentendido el discipulado porque hemos creído que discipular, básicamente, consiste en enseñar un cuerpo de doctrinas y su aplicación, cuando en realidad discipular es mucho más que eso: es un proceso de toda la vida.

Por otro lado, hemos malentendido el discipulado porque creemos que solo se da cuando se lleva a cabo de manera formal por un periodo de tiempo. Discipular a alguien es ayudarle a que se conforme al carácter de Cristo. De manera que cuando predicamos, estamos discipulando; cuando enseñamos, estamos discipulando; cuando nos reunimos uno a uno con alguien, estamos discipulando; cuando guiamos bíblicamente a una persona a través de un problema, estamos discipulando.

El discipulado es cada cosa que un discipulador hace de manera intencional con la idea también intencional de ir formando el carácter de Cristo en los demás.

De esa forma, entonces, el apóstol Pablo, cuando escribía a los tesalonicenses, les dijo: “Nos hemos complacido en impartiros, no solamente el evangelio de Dios, sino complacido en impartiros, no solamente el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, porque llegasteis a sernos muy amados” (1 Tesalonicenses 2:8). Ahí hay tres principios: 1) Pablo compartió el evangelio, eso es algo que tenemos que hacer; 2) Pablo compartió su propia vida; 3) estas personas no fueron un proyecto, sino ovejas muy amadas. Así que discipular implica no solo dar lo que tu mente sabe, sino dar tu propia vida. Debemos discipular como Cristo lo hizo: no solo enseñando y no solo viviendo el evangelio, sino, pasado un tiempo, entregando Su vida por las ovejas.


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