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Por: Agustín de Hipona

Como tu dulzura hizo dulces a Esteban las piedras del torrente; tu dulzura hizo dulce la parrilla a Lorenzo. A causa de tu dulzura los Apóstoles salían gozosos de la presencia del consejo, porque habían sido dignos de sufrir injurias por el nombre de Jesús. Andrés caminaba resuelto y gozoso hacia la cruz, porque corría a tu dulzura; esa dulzura tuya que colmó a los mismos príncipes de los Apóstoles, de tal modo que por ella uno eligió el patíbulo de la cruz, otro no temía presentar la cabeza a la espada del verdugo; para adquirirla Bartolomé entregó su propia piel; por gustarla igualmente Juan bebió intrépido la copa de veneno.

Apenas la gustó Pedro, como ebrio de felicidad, exclamó, olvidándose de todo lo demás, Señor, qué bien se está aquí, hagamos aquí tres tiendas. Habitemos aquí, para que te contemplemos a ti, porque no necesitamos nada más; nos basta, Señor, con verte, sí, nos basta saciarnos con tanta dulzura. Y tan solo gustó una gotita de dulzura, y aborreció toda otra dulzura. ¿Qué crees que habría dicho, si hubiera gustado esa dulzura Inmensa de tu divinidad que tienes reservada para los que Te aman? Esa dulzura Inefable la gustó también la virgen (Águeda), de quien leemos que iba a la cárcel alegre y gozosísima, como si fuera Invitada a las bodas.

También la gustó, según creo, el que decía: ¡Qué dulzura tan grande, Señor, tienes reservada para los que te temen! Y el que exhortaba: Gustad y ved, qué dulce y suave es el Señor. Tan grande es, Señor y Dios nuestro, esa felicidad, que esperamos recibir de ti; Señor, por ella luchamos continuamente contigo; por ella, Señor, nos mortificamos todo el día, para que lleguemos a vivir en tu propia vida.


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