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Por: Agustín de Hipona

Tales son tus grandes beneficios, Señor Dios, santificador de todos tus santos, con que vas a colmar las ansias de tus hijos anhelantes, porque Tú eres la esperanza de los desesperados, el consuelo de los desconsolados. Tú eres la corona de toda esperanza, que, adornada de gloria, tienes preparada para los que triunfan; Tú, hartura eterna de los hambrientos, que se dará a los que te anhelan; Tú, el consuelo eterno, que Te das únicamente a aquellos que desprecian los consuelos de este mundo por tu divina consolación.

En efecto, los que aquí son consolados son indignos de tu consolación. En cambio, los que aquí son perseguidos, son consolados por ti. Y los que aquí participan en tu pasión, allí participarán también en tu consolación. Porque nadie puede ser consolado en las dos vidas, ni a la vez holgar y gozar en la vida presente y en la otra vida; sino que es necesario que pierda esta vida el que quiera poseer la otra, la vida eterna.

Cuando medito estas verdades, Señor consolador mío, no quiero que mi alma sea consolada, para que se haga digna de los consuelos eternos, porque es justo que te pierda a ti, todo el que prefiera los consuelos en cualquier otra parte fuera de ti. Y te suplico por ti, Verdad soberana, que no permitas que yo sea consolado con consolación vana alguna fuera de ti; Incluso te pido que todas las cosas me sean amargas, para que solamente seas dulce a mi alma Tú, que eres la dulzura Incomparable, por la cual se vuelven dulces todas las cosas amargas.


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