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Por: DAVID MCCORMICK*

Sus nombres decoran nuestros cuadernos con oraciones desesperadas y clamores por intervenciones divinas en sus vidas.

Vemos sus rostros y nos abruma una mezcla emotiva de agradecimiento y amor profundo. Haríamos lo que fuera necesario para que ellos estén bien. Escribo esto mientras escucho a una de mis hijas cantar una melodía a gritos, con palabras que solo ella entiende y con una voz ronquita que refleja de manera impresionante su carácter.

Estoy consciente de que la etapa de la paternidad en la que estoy es única en la crianza de mis hijas, así que busco estructurar mi vida para proveerles un espacio seguro, educativo, lleno de amor y enseñanzas de la Biblia. Como padre, entiendo mi rol como mayordomo de estas relaciones, donde tengo una voz incomparable en los oídos de mis hijas, no por quien soy, sino porque así es el diseño perfecto de Dios.

Necesito estar presente para escuchar a mis hijas cantar, diciendo no a las mil distracciones que tengo y poniendo atención a la belleza candorosa que me rodea. Pero ¿qué pasa cuando esta mayordomía se convierte en idolatría?

El maltrato de la idolatría

Tener hijos es un regalo del Señor, pero, como nuestra tendencia humana caída prescribe, solemos tomar los buenos regalos de Dios y volverlos ídolos en nuestro corazón.

Dios desea que seamos padres que amen a sus hijos, y este amor conlleva disciplina, corrección, orientación y enseñanzas. Pero cuando vemos a nuestros hijos como algo que nos pertenece, en vez de vidas que nos han sido encomendadas, caemos en una expresión multiforme de maltrato hacia ellos.

Este maltrato no surge porque no hemos visto suficientes tutoriales o reels de Instagram sobre la crianza. Maltratamos a nuestros hijos cuando no ordenamos nuestras vidas con las prioridades que Dios quiere que tengamos. Nuestro corazón está en una búsqueda implacable de aceptación y afirmación, así que cuando esperamos esto de nuestros hijos, estamos esperando algo de ellos que solo Dios nos puede ofrecer de la manera en que nos satisface en verdad.

Si evalúas tu corazón en relación a tus hijos, ¿qué estándares estás usando para evaluarte como padre? Si quieres que tus hijos te busquen para entonces sentirte útil, has moldeado el barro de tu corazón como un vaso roto para saciarte (cp. Jr 2:13).

Además, si tu hijo ha llegado a ser todo para ti, pones demasiada carga sobre sus hombros. Ningún ser humano puede soportar ser el todo de alguien más. Muchos de nosotros erramos cuando ponemos más atención en cómo nuestra crianza es percibida por otros, incluyendo a nuestros hijos, en vez de amar diligentemente a cada niño que Dios nos ha dado.

La solución del evangelio

La tensión que debemos entender y manejar en la paternidad es que, por un lado, debemos dar nuestras vidas sacrificialmente por nuestros hijos y, al mismo tiempo, debemos comprender la tendencia de nuestro corazón de fijar nuestra identidad en los que más amamos. Así que, entendiendo la tendencia de nuestros corazones a buscar no solo complacerse, sino también amar a los demás para encontrar nuestro sentido de identidad, cobra suma importancia recordar la belleza del evangelio.

Una de las tareas principales que debemos realizar como padres es recordar el evangelio en la relación que tenemos con nuestros hijos. La práctica de meditar y recordar lo que más importa pone en perspectiva que debemos amar a nuestro prójimo de una manera sacrificial e intencional, sabiendo que nuestra redención y aceptación definitiva no proviene de ellos, pues tenemos otra fuente que nunca se agota: nuestro Dios suficiente para nosotros.

Como padres, debemos dar voz a nuestros hijos como personas que puedan crecer con criterio y creencia firmes, pero, al mismo tiempo, necesitamos reconocer que las opiniones que ellos tienen sobre nosotros no nos sirven como el estándar de calidad de su crianza. Aunque quiero caerles bien a mis hijos, estoy apuntando a otro estándar que consiste en la fidelidad que nace de mi identidad como hijo de Dios. Podemos amar bien porque Él nos amó primero (1 Jn 4:19).

Así, el manejo adecuado de la tensión que mencioné se manifiesta, por ejemplo, con actos generosos, afirmaciones sobrias de nuestra parte y momentos de reflexión en la Palabra de Dios, la cual pesa nuestras motivaciones.

Padres seguros en Cristo

Tus hijos necesitan padres seguros de su identidad en el Señor para crecer con un concepto saludable de quiénes son. Los cristianos debemos ser los padres más amorosos del mundo y este amor es posible porque entendemos y caminamos en otra tensión, la tensión entre nuestra naturaleza pecaminosa y la belleza redentora del evangelio de Jesucristo.

En vez de amar menos a nuestros hijos, podemos amarlos mejor, al reordenar nuestros afectos para enfocarnos en el amor inagotable del Dios que dió Su vida por nosotros.

*David McCormick es el Director Ejecutivo de la Alianza Cristiana para los Huérfanos, y padre de cuatro hijos: tres biológicos y uno del corazón. Siendo psicólogo graduado en Canadá, se ha especializado en el apego, estilos de crianza, trauma y liderazgo parental. David ha dedicado su vida a la niñez y adolescencia en estado de vulnerabilidad, trabajando para que cada uno de ellos pueda contar con una familia permanente y amorosa.

Publicado originalmente aquí.


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