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Por: R. C. Sproul.

Este artículo forma parte de la serie «Qué buena pregunta«

¿Cómo deberíamos tratar con aquellos focos rebeldes de pecado que hay en nuestra vida y que parecen no desaparecer ni siquiera después de mucha oración, a pesar de tener un deseo sincero y honesto de cambiar?

Uno de los grandes clásicos cristianos es un libro devocional breve escrito por santo Tomás de Kempis llamado Imitación de Cristo. En ese libro, él habla sobre la lucha que muchos cristianos tienen con los hábitos pecaminosos. Dice que la lucha por la santificación es a menudo tan difícil, y las victorias que alcanzamos parecen ser tan escasas y esporádicas, que aun entre los más grandes santos hubo pocos que fueron capaces de superar los patrones habituales. Estamos hablando de gente que comía en exceso y tenía ese tipo de tentaciones, no de aquellos que están esclavizados a pecados groseros y atroces. Las palabras de Tomás de Kempis no son la sagrada Escritura, pero nos transmiten la sabiduría de un gran santo.

El autor de Hebreos dice que somos llamados a resistir el pecado que tan fácilmente nos asedia, y se nos amonesta y exhorta simplemente a esforzarnos más para vencer estos pecados. Usted pregunta ¿cómo escapamos de estos focos de pecado contra los cuales luchamos tanto, y que sincera y honestamente deseamos no cometer? Si el deseo de no hacerlo es realmente honesto y penetra el corazón, tenemos 90 por ciento del camino recorrido. En realidad, no deberíamos estar atrapados por nada. La razón por la cual continuamos con estos focos rebeldes es porque tenemos un deseo sincero de continuar en ellos, no un sincero deseo de abandonarlos. Me pregunto cuán honestamente nos comprometemos a renunciar a ellos. Hay en nosotros una tendencia al auto engaño cada vez que sucumbimos ante un pecado preferido. Debemos enfrentar el hecho de que cometemos el pecado porque queremos cometerlo, más de lo que queremos obedecer a Cristo en ese momento. Eso no significa que no tengamos deseos de escapar de él, pero el nivel de nuestro deseo oscila. Es fácil ponerse a dieta luego de un banquete, pero es difícil permanecer en la dieta no habiendo comido en todo el día. Eso es lo que sucede con los pecados habituales que involucran apetitos físicos o sensuales. Los altibajos del deseo aumentan y disminuyen. Se incrementan y se desvanecen. Nuestra resolución de arrepentirnos es grande cuando nuestros apetitos han sido satisfechos, pero cuando no lo han sido, experimentamos una atracción cada vez mayor a practicar esos pecados particulares.

Creo que lo que tenemos que hacer es, en primer lugar, ser honestos sobre el hecho de que en verdad tenemos un conflicto de intereses entre lo que queremos hacer y lo que Dios quiere que hagamos. Creo que tenemos que alimentar nuestras almas con la Palabra de Dios para que podamos tener claro en nuestra mente lo que Dios quiere que hagamos, y así construir un fuerte deseo de obedecer.

Tomado de ¡Qué buena pregunta! Copyright © 1996 por R.C. Sproul.  


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