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Por: Matthew Henry

Cuando el mundo frunce el cejo sobre nosotros y las cosas nos van al revés, no tenemos por qué inquietarnos de su ceño, asustarnos y, por ello, apartarnos de esperar en Dios, sino más bien ser llevados a ello. Las aflicciones nos son enviadas con este objetivo: para llevarnos al trono de la gracia, para enseñarnos a orar y para hacer la palabra de gracia de Dios más preciosa para nosotros. En el día de nuestra aflicción hemos de esperar en Dios para que nos dé el consuelo que será suficiente para compensar nuestra pena. Job, estando en lágrimas, caía sobre su rostro y adoraba a Dios, tanto cuando le quitaba lo que tenía como cuando le añadía. En el día de nuestro terror debemos esperar en Dios para recibir el ánimo suficiente para apaciguar el miedo. Josafat, en su angustia, esperó en Dios y no esperó en vano, pues su corazón fue corroborado al hacerlo; y lo mismo ocurrió a David, con frecuencia, que hizo la resolución que fue un ancla para su alma: «En tiempo de temor en ti confiaré».

Tanto en los días de la juventud como de la ancianidad tenemos que estar esperando en Dios. Los que son jóvenes deben empezar a hacerlo desde muy temprano: el niño Samuel ministraba al Señor, y en la historia de la Escritura se pone un énfasis particular en el honor de hacerlo, y Cristo se complació sobremanera con los hosannas de los niños que le esperaban cuando cabalgaba en triunfo hacia Jerusalén. Cuando Salomón, en su juventud, después de su acceso al trono, esperaba que Dios le diera sabiduría, se nos dice que agradaba al Señor. «Me he acordado de ti, del cariño de tu juventud, del amor de tus desposorios cuando andabas en pos de mí en el desierto, en una tierra no sembrada» (Jeremías 2:2). El esperar en Dios, el acordarse del Creador, y el momento oportuno para hacerlo son los días de la juventud (Eclesiastés 12:1). Los que esperan en Dios bien son aquellos que han empezado a hacerlo desde muy pronto; los cortesanos más cumplidos son los que han sido criados en la corte.


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