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Por: Martyn Lloyd Jones

Mateo 5:3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

El cristiano y el no cristiano son absolutamente diferentes en aquello que admiran. El cristiano admira a aquel que es «pobre en espíritu«, mientras que los filósofos griegos menospreciaban a hombres así, y todos los que siguen la filosofía griega, ya sea intelectualmente o en la práctica, siguen haciendo exactamente lo mismo.

El mundo cree en la confianza en uno mismo, en expresarse uno mismo, en dominar la vida. El cristiano cree en ser «pobre en espíritu». Toma los periódicos y verás el tipo de persona a la que el mundo admira. Nunca encontrarás nada que esté más lejos de las bienaventuranzas que aquello que apela al hombre natural y al hombre del mundo. Lo que atrae su admiración es la antítesis misma de lo que encontramos en ellas.

Lo que busca el cristiano

Después, obviamente, el cristiano y el no cristiano también son diferentes en lo que buscan. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed…» ¿de qué? ¿De riqueza, dinero, estatus, posición o fama? En absoluto. «hambre y sed de justicia». Toma a cualquier persona que no afirme ser cristiana, averigua que está buscando y lo que quiere verdaderamente, y verás que siempre es diferente de esto.

Lo que hace el cristiano

Luego, por supuesto, son absolutamente diferentes en cuanto a lo que hacen. Eso es algo que se desprende por necesidad. El no cristiano es absolutamente consistente. Dice que vive para este mundo: «este es el único mundo, y voy a conseguir todo lo que pueda de él». Pero el cristiano considera este mundo solo como un camino de entrada hacia algo que es vasto, eterno y glorioso. Su punto de vista y ambición es completamente diferente. Por tanto, siente que debe vivir de manera diferente.

Así como la persona del mundo es consistente, también debería serlo el cristiano. Si lo es, no podrá evitar ser muy diferente de la otra persona (ver 1 Pedro 2:11-12). Otra diferencia esencial es su creencia con respecto a lo que pueden hacer. La persona del mundo confía mucho en su propia capacidad. El cristiano es alguien muy consciente de sus propias limitaciones.


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