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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

No temas tu debilidad. Dios te dará toda la fuerza que necesitas. Teme aquellos momentos en los que piensas que eres fuerte por ti mismo.

Admítelo, no te gusta ser débil. No es divertido ser el último que eligen para jugar en un equipo. Es vergonzoso que te hagan preguntas para las cuales no tienes respuestas. Es frustrante no poder descifrar las instrucciones para armar el mueble que acabas de comprar. Es humillante fracasar en una tarea, dejar caer la pelota o hacer una promesa y no ser capaz de cumplirla. No nos gusta perdernos u olvidar un número telefónico. Odiamos esos momentos en los que nos sentimos incapaces. No nos gusta ser confundidos o no conocer ciertas cosas. Codiciamos los músculos y los cerebros de otras personas. Todos odiamos sentir temor y deseamos tener más valor. En comparación con los héroes de la fe, parecemos insignificantes. Al lado de los logros de los demás, nos preguntamos si hemos realizado algo de valor. No nos gusta enfrentar la realidad de que todos somos débiles de una u otra forma. Esa es la condición universal de la humanidad.

En un mundo solitario en el que debes encontrar tu propio camino y construir tu propia vida, es lógico temer ser débil. En un mundo en el que solo tienes tu mente, tu desempeño y tus logros, la debilidad es algo de lo que nos arrepentimos. En un mundo en el que no tienes a quién acudir por fortaleza y donde pocos te aceptan cuando la tienes, la debilidad es algo que debe evitarse. En realidad, lo que necesitas evitar es tu ilusión de fortaleza. Esas afirmaciones de fortaleza independiente son mucho más peligrosas.

¿Estás confundido? La verdad es que todos somos débiles. Somos débiles en sabiduría, en fortaleza y en justicia. El pecado ha debilitado nuestras manos y corazones. Nos ha dejado cojos en muchos sentidos. Pero la gracia de Dios hace que la debilidad sea algo que ya no debemos temer. El Dios de gracia que te llama a vivir para Él te bendice con toda la fuerza que necesitas para realizar lo que Él te ha llamado a hacer. La mejor forma de obtener esta fuerza es admitiendo cuán poca fuerza tienes. La gracia me libera de la pena tan inmensa que produce no poder confiar en mí mismo, porque ella me conecta con Aquel que es digno de mi confianza y que me capacita con lo todo lo que necesito. “Estos confían en sus carros de guerra, aquellos confían en sus corceles, pero nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios. Ellos son vencidos y caen, pero nosotros nos erguimos y de pie permanecemos” (Salmo 20:7-8).

Para profundizar y ser alentado: Salmo 27


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