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Por: John Piper

Este artículo forma parte de la serie: La providencia de Dios.

La providencia sobre la mano de Satanás en la persecución

El apóstol Pedro describe el sufrimiento de los cristianos con estas palabras: “Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar. Pero resístanlo firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en sus hermanos en todo el mundo” (1P 5:8-9). Los sufrimientos de la persecución son como las fauces de un león satánico tratando de consumir y destruir la fe de los creyentes en Cristo.

Pero, ¿sufren estos cristianos en las fauces de la persecución de Satanás sin que la providencia de Dios esté involucrada? Cuando Satanás aplasta a los cristianos en las fauces de sus propios calvarios, ¿no gobierna Dios estas fauces para el bien de Sus preciosos hijos? Escucha la respuesta de Pedro en 1 Pedro 3:17: “Pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad de Dios, que por hacer el mal”. O también: “Los que sufren según la voluntad de Dios confíen sus almas a un Creador fiel mientras hacen el bien” (1P 4:19). En otras palabras, si Dios quiere que suframos por hacer el bien, sufriremos. Y si no quiere que suframos por hacer el bien, no lo haremos. El león no tiene la última palabra. La providencia la tiene.

La noche en que Jesús fue arrestado, el poder satánico estaba en pleno apogeo llevando a cabo la persecución (Lc 22:3; 22:31). Y Jesús pronunció en esa situación una de Sus palabras más soberanas. Dijo a los que venían a

arrestarlo en la oscuridad: “¿Cómo contra un ladrón han salido con espadas y palos? Cuando estaba con ustedes cada día en el templo, no me echaron mano; pero esta hora y el poder de las tinieblas son de ustedes” (Lc 22:52-53). En otras palabras, “Las fauces del león se cierran sobre Mí esta noche, ni antes ni después de lo que Mi Padre planeó. ‘Nadie me la quita [la vida], sino que Yo la doy de Mi propia voluntad’ (Jn 10:18). No te jactes de la mano que te hizo, Satanás. Tienes una hora. Esta es tu hora. Lo que hagas, hazlo rápido”. Dios decide cuándo empieza la hora y cuándo termina. Hasta que llegó la hora señalada por Dios, “nadie le echó mano porque todavía no había llegado Su hora” (Jn 7:30; cf. 8:20). La providencia de Dios gobierna la mano de Satanás en la persecución.


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