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Por: Charles Stanley

Salmo 62.1, 2

¿Ha cargado usted alguna vez un objeto pesado durante tanto tiempo que los brazos le empiezan a doler? Cuenta los pasos hasta que por fin puede soltarlo, y cuando lo hace, el alivio inunda su cuerpo al disminuir el dolor. Podemos sentir algo parecido en nuestro espíritu cuando entregamos nuestras cargas al Señor.

David comprendía bien esta clase de alivio. Ante la persecución implacable de sus enemigos, se vio obligado a esconderse para salvar su vida. El peso que llevaba era evidente cuando gritó angustiado: “¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?” (Sal 13.1). Sin embargo, a lo largo de su prolongada temporada de dificultades, David experimentó la fidelidad y consolación de Dios en la angustia.

Recordar que Dios es fiel nos liberará del peso de nuestras preocupaciones. Aferrémonos a la perspectiva de que Dios está obrando y mantengamos la mirada fija en la solución, no en los problemas. Entonces, como David, podremos decir: “Jamás seré sacudido” (Sal 62.2 NTV).

Mientras aprende a dejar sus cargas, asegúrese de hablar con Dios en oración (Sal 62.8) y esperar en Él con esperanza (Sal 62.5). Y nunca olvide que Él es su roca y su salvación (Sal 62.2). Ese es el verdadero alivio.


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