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Por: Charles Spurgeon

De acuerdo respondió Rajab. Que sea tal como ustedes han dicho. Luego los despidió; ellos partieron, y ella ató el cordón rojo a la ventana. JOSUÉ 2:21

A ella se le dijo que atara el cordón rojo a la ventana y lo hizo; hubo obediencia exacta. No era cualquier cordón, un hilo, sino un cordón rojo. Ella no lo sustituyó por uno azul, verde o blanco. La orden era ese cordón rojo, no otro y ella tomó ese cordón en particular. La obediencia a Dios se apreciará mucho en los asuntos pequeños. El amor siempre se deleita al ocuparse de las pequeñas cosas y, por lo tanto, hace que las cosas pequeñas sean grandes.

Escuché de un puritano al que acusaron por ser demasiado preciso, pero su respuesta fue excelente: «Yo sirvo a un Dios preciso». El Señor, nuestro Dios, es un Dios celoso y es muy celoso de sus mandamientos. Parecía que el error de Moisés al golpear la piedra en lugar de hablarle, era un error pequeño, no obstante, él no pudo entrar al descanso prometido debido a su ofensa. Una acción pequeña puede implicar un gran principio y nos corresponde a nosotros ser muy cautelosos y cuidadosos, buscar cuál es la voluntad del Maestro y nunca hacer un alto ni dudar por alguna razón sino hacer su voluntad tan pronto como la sepamos. La vida cristiana debiera ser un mosaico de obediencias minuciosas. Los soldados de Cristo debieran ser famosos por su disciplina exacta.


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