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Por: J.C. Ryle

Juan el Bautista era un eminente santo de Dios. Hay pocos nombres que estén más altos que el suyo en el registro bíblico de grandes y buenos hombres. El Señor Jesús mismo declaró que “entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11:11). El Señor Jesús mismo declaró que era “era antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35). Pero aquí, en este pasaje, vemos a este eminente santo humilde rebajándose a sí mismo y lleno de humildad. Aparta de sí la honra que los judíos de Jerusalén estaban dispuestos a darle. Declina todos los títulos lisonjeros. Habla de sí mismo como nada más que la “voz de uno que clama en el desierto” y como alguien que bautiza “con agua”. Proclama en alta voz que hay Uno que está entre los judíos que es mayor que él, del cual no es digno de desatar la correa de su calzado. Reclama honra no para él, sino para Cristo. Exaltar a Cristo era su misión y a ello se entrega firmemente.

Los principales santos de Dios de todas las épocas de la Iglesia siempre han sido hombres con el espíritu de Juan el Bautista. En dones, conocimiento y carácter general a menudo difieren ampliamente. Pero en un aspecto siempre son iguales: se revisten “de humildad” (1 Pedro 5:5). No buscan su propia honra. Piensan poco de sí mismos. Tienen siempre voluntad de menguar para que Cristo pueda crecer, de ser nada para que Cristo lo sea todo. Y aquí está el secreto de la honra que Dios ha puesto sobre ellos: “El que se humilla, será enaltecido” (Lucas 14:11).

Si profesamos un verdadero cristianismo, esforcémonos por ser del espíritu de Juan el Bautista. Estudiemos humildad. Esta es la virtud con que todos los salvos debemos comenzar. No tendremos una verdadera religión hasta que abandonemos nuestros orgullosos pensamientos y nos sintamos pecadores. Esta es la virtud que todos los santos deben tener y que ninguno tiene excusa alguna para despreciar. No todos los hijos de Dios tienen ciertos dones, dinero, tiempo para trabajar o una amplia esfera de utilidad; pero todos pueden ser humildes. Esta es la virtud, sobre todo, que aparecerá más hermosa al final. Nunca sentiremos la necesidad de humillarnos tan profundamente como cuando descansemos en nuestros lechos de muerte y estemos ante el trono del Juicio de Cristo. Toda nuestra vida aparecerá entonces como un largo catálogo de imperfecciones, siendo nosotros nada y Cristo todo.

Fragmento extraído de «Meditaciones sobre los evangelios: Juan»

*John Charles Ryle fue un obispo evangélico anglicano inglés. Fue el primer obispo anglicano de Liverpool y uno de los líderes evangélicos más importantes de su tiempo. Foto de Edgar Martínez.


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