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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

La gracia de Dios expondrá lo que tú quieres esconder, no para avergonzarte, sino para perdonarte y liberarte.

“Es una forma triste de vivir”, pensé mientras escuchaba cómo me relataba los eventos de la noche anterior. Él trabajaba junto a mí, empaquetando durante ocho horas al día, lo cual nos mantenía con las manos ocupadas. Pero nuestras bocas estaban libres para hablar, y hablar era lo que hacíamos. Mi compañero estaba siendo infiel a su esposa. Pensaba que estaba al mando, que era libre, pero no lo era. Dijo que llevó a su novia a un cierto restaurante en la pequeña comunidad donde él vivía solo para ver el carro de su esposa estacionado afuera. Dijo que fueron a otro lugar, pero tuvo que asegurarse de que nadie los viera antes de salir, para no ser atrapado. “Crees que eres libre, pero no lo eres. Tienes que esconderte. Tienes que preocuparte de no ser atrapado. Tienes que esconderte en la oscuridad”, le dije. Luego, continué: “Piensas que yo soy quien está atado, pero soy libre. Cuando salgo con mi esposa, nunca tengo que preocuparme de a dónde vamos. Nunca temo ser atrapado. Puedo vivir en la luz sin ningún miedo”.

El pecado nos convierte en ciudadanos de la noche. El pecado causa que nos comprometamos a vivir en tinieblas. Nos escondemos, negamos, mentimos, nos excusamos, echamos culpas, racionalizamos, nos defendemos y damos explicaciones. Todas estas son acciones oscuras que hacen las personas que temen ser expuestas.

¿Cuál es el propósito de la gracia? Dar luz brillante sobre lo que una vez vivió en oscuridad. “Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos. Pues todo el que hace lo malo aborrece la luz, y no se acerca a ella por temor a que sus obras queden al descubierto” (Juan 3:19-20). La gracia penetra nuestra oscuridad. La gracia explota en nosotros con su luz, exponiendo el corazón. La gracia ilumina nuestros oscuros pasillos y esquinas. El Hijo de gracia hace brillar Su luz de gracia en lo más hondo y oscuro de nuestros corazones, no como un acto de venganza o castigo, sino como un acto perdonador y transformador. Él disipa nuestra oscuridad, ya que sabe que no podemos afligirnos por algo que no podemos ver, no podemos confesar algo que no nos duele y no podemos alejarnos de algo que no hemos confesado.

La luz ha venido. Corre a la luz; no debes temer. Sí, la luz expone, pero el objeto expuesto ha sido cubierto con la sangre de Aquel que lo expuso.

Para profundizar y ser alentado: Juan 1:1-18


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