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Por: J.C. Ryle

Juan 1:13: los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

V. 13: [Los cuales no son engendrados […] sino de Dios. El nacimiento del que aquí se habla es el nuevo nacimiento o la regeneración, ese cambio completo de corazón y naturaleza que tiene lugar en un hombre cuando se vuelve cristiano verdadero. Es un cambio tan grande que ninguna otra figura sino la del nacimiento puede expresarlo plenamente. Es como cuando un nuevo ser, con nuevos apetitos, necesidades y deseos es traído al mundo. Una persona nacida de Dios “nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).

Se dice de las personas que creen en el nombre de Cristo que no son nacidas “de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. La interpretación de esta expresión que es dada normalmente por parte de los comentaristas no me parece correcta ni nada parecido. El verdadero significado de las palabras, en mi opinión, es el siguiente: Los creyentes no llegaron a ser lo que son por la sangre (es decir, por ser descendientes de Abraham o por relación sanguínea con personas piadosas: la gracia no pasa de padre a hijo. Tampoco los creyentes llegaron a ser lo que son por voluntad de carne, es decir, por medio de los esfuerzos y el empeño de su propio corazón natural. La naturaleza nunca puede cambiarse a sí misma: “Lo que es nacido de la carne, carne es”. Tampoco los creyentes llegaron a ser lo que son por voluntad de varón, es decir, por medio de los actos y hechos de otros: ni los ministros ordenados ni nadie más pueden conferir gracia a otro. El hombre no puede regenerar corazones. Los creyentes llegaron a serlo solo y completamente por la gracia de Dios. Es a la pura gracia de Dios que previene, llama, convierte, renueva y santifica a la que deben su nuevo nacimiento. Son nacidos de Dios o, como dice el capítulo 3 más claramente, “nacidos del Espíritu”.

La palabra que traducimos como “sangre” en singular es, en griego, plural: “sangres”. Esta peculiaridad ha provocado algunas conjeturas en cuanto a que la expresión hace referencia a la sangre derramada en la circuncisión y el sacrificio y enseña la incapacidad de estas cosas para regenerar al hombre. Pero esta idea parece inverosímil e improbable. Me parece que el uso del plural tiene la intención de excluir toda la confianza carnal en la ascendencia o en parentesco alguno. No era ni la sangre de Abraham ni la de David, Aarón, Judá o Leví la que podía otorgar gracia o hacer a alguien hijo de Dios.

Esta es la primera vez que se habla en la Escritura del nuevo nacimiento con estas palabras. No dejemos de advertir lo cuidadosamente que es protegida esa doctrina contra los errores y lo enfáticamente que se nos dice de dónde no procede este nuevo nacimiento, así como de dónde procede. Es un hecho notable que, cuando S. Pedro menciona el nuevo nacimiento, lo protege de manera similar (cf. 1 Pedro 1:23); y cuando habla de que el “bautismo” nos salva, añade cuidadosamente que es “no quitando las inmundicias de la carne” (1 Pedro 3:21). Ante todas estas precauciones, es curioso observar la pertinacia con que muchos echan abajo toda la doctrina del nuevo nacimiento afirmando que todas las personas bautizadas son nacidas de nuevo.

Debemos tener cuidado y no interpretar las palabras “son engendrados” como si el nuevo nacimiento fuera un cambio que tiene lugar en un hombre después de haber creído en Cristo, y que es el paso siguiente después de la fe. La fe que salva y la regeneración son inseparables. En el momento en que un hombre verdaderamente cree en Cristo, por muy débilmente que sea, es nacido de Dios. La debilidad de su fe puede hacerle inconsciente del cambio, igual que un recién nacido sabe poco o nada de sí mismo. Pero donde hay fe siempre hay nuevo nacimiento, y donde no hay fe no hay regeneración.

Fragmento extraído de «Meditaciones sobre los evangelios: Juan»

*John Charles Ryle fue un obispo evangélico anglicano inglés. Fue el primer obispo anglicano de Liverpool y uno de los líderes evangélicos más importantes de su tiempo. Foto de Edgar Martínez.


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