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Por: John MacArthur

Este artículo forma parte de la serie: Los dones espirituales

Es muy interesante notar aquí que dones aparece en plural, apoyando lo que hemos dicho en el capítulo 29; esto es, que Pablo está hablando de categorías de dones en los que hay una gran diversidad. Los dones de sanidades fueron los primeros dones-señales que Pablo menciona en este pasaje. Y puesto que todos estos dones estaban funcionando en ese momento, los dones-señales no aparecen en una categoría separada. La palabra sanidades aparece también en plural en el griego (iamaton) lo que hace hincapié en las muchas clases de aflicciones que necesitan sanidad. Estos dones fueron para Cristo (Mt. 8: 16-17), los apóstoles (Mt. 10:1), los setenta (Lc 10:1) y algunos asociados de los apóstoles como Felipe (Hch. 8:5-7).

Dios puede todavía sanar de manera directa y milagrosa, en respuesta a las oraciones fieles de sus hijos; pero los cristianos no tienen hoy los dones de sanidades. Esto es evidente porque nadie puede hoy sanar como Jesús y los apóstoles lo hicieron, quienes con una palabra o toque sanaron total e instantáneamente  a todos los que acudieron a ellos, y que resucitaron a los muertos. Puede que los creyentes en Corinto vieran como Dios realizaba sanidades por medio de Pablo o de otros que tenían esas capacidades, y en ese caso Pablo los menciona aquí solo para recordar a los corintios la diversidad de formas en las que Dios equipa a sus siervos para su obra.

Los dones de sanidades, como otros dones-señales, fueron temporales, dados a la iglesia para autenticar el mensaje apostólico como Palabra de Dios. La gran comisión no incluye un llamamiento para sanar cuerpos, sino solo el llamamiento a sanar almas por medio de la predicación del evangelio. No es que Dios dejara de interesarse en la salud y el bienestar físico del hombre o que la iglesia no debiera tener esa preocupación. El trabajo médico ha sido por mucho tiempo una parte bendita de Dios del servicio cristiano y es una de las actividades clave de las misiones modernas. Pero la obra sanadora de Dios, ya sea por medio de la medicina o milagros, ya no es una señal auténtica, y Él ya no dota a su iglesia con tales dones.

Como lo hicieron todos los demás con los dones de sanidades, Pablo lo usó con moderación y solo para su propósito deseado. Nunca fue usado solamente para dar sanidad física. Pablo mismo estuvo enfermo, no obstante, nunca se sanó a sí mismo ni pidió a otro creyente con ese don que lo hiciera. Epafrodito, un amigo y compañera entrañable de Pablo, se puso muy enfermo y habría muerto de no ser por la intervención divina. “Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mi, para que no tuviese tristeza sobre tristeza” (Fil. 2:27). Dios sanó milagrosamente a Epafrodito, pero si el apóstol hubiera ejercido ampliamente su don de sanidades, no hubiera tenido necesidad de rogar de forma especial a Dios. Cuando “Timoteo, otro colaborar, tuvo problemas de estómago y otras dolencias, Pablo no lo sanó, sino que le aconsejó que tomara un poco de vino (1 Ti. 5:23). A Trófimo otro

colaborador de Pablo, lo -[dejó] en Mileto enfermo” (2 Ti 4:20). No ejerció su don de sanidad excepto en casos necesarios para confirmar el poder del evangelio, no para hacer saludables a los cristianos.

Un cristiano tiene hoy el derecho de pedirle a Dios por la curación de cualquier enfermedad. Dios puede elegir sanarlo a fin de que se cumpla su propósito y mostrar su gloria. Pero no está obligado a hacerlo, porque Él no ha dado una promesa ilimitada para sanar durante ninguna era (cp. Nm. 12:9- 10; M. 29:21-22; 2 Reyes 5:15-17; 2 Cr. 26:5, 21; Sal. 119:67; 1 Co. 11:30), y ya tampoco tiene que autenticar su Palabra, porque la Palabra completa es su propia verificación

Fragmentos del Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Primera Corintios.


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