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Por: Greg Morse*

El Sr. Fulanito es miembro de una iglesia. Fue bautizado hace años, sigue profesando su fe y acude regularmente los domingos. Aunque no es conocido por poseer mucho amor a Jesús, o mucho celo por las cosas espirituales, tampoco es conocido por ser un pecador abierto. Es bastante agradable. Sirve de vez en cuando y no evita entablar conversación al salir por la puerta. Tiene dificultades con su grupo de pecados, pero ¿quién no las tiene?

Aunque se sienta en el mismo asiento cada semana, la verdad es que no muchos se darían cuenta si no estuviera. No es exactamente un modelo de creyente entusiasta. Pero sigue siendo un miembro. Como se dice, distintos miembros, distintos dones.

¿Está creciendo en santidad? No se puede saber. ¿Está aumentando su conocimiento de Cristo? Difícil de decir. ¿Realmente ama a los hermanos? ¿Qué quieres decir exactamente? ¿Se entusiasma con el amor de Dios o se deleita en el Señor Jesús? Tal vez en el fondo. Has asistido a la iglesia con esta persona, tal vez has coincidido en un grupo pequeño con él, aun con todo eso, su corazón por su Señor no ha aflorado mucho. Este se camufla con el asiento de la iglesia de domingo a domingo como una planta falsa en la esquina del santuario.

Pasan los años. Forma una familia. Su hija canta en el coro infantil. Su esposa cocina de vez en cuando para las reuniones de la iglesia. Nunca comete una inmoralidad grave. Nunca promueve la herejía. Nunca deja de venir. Su lápida acabará diciendo: “Aquí yace el Sr. Fulanito, esposo cristiano, padre, miembro de la iglesia”.

A lo largo de los años, me he sentido gravemente preocupado por este tipo de hombre, inclinado hacia este tipo de hombre, probablemente porque yo solía ser como este hombre.

Iglesia para los inconversos

Para decirlo claramente, creo que hombres como El Sr. Fulanito están demasiado cómodos en muchas iglesias mientras ellos mismos dormitan hacia el infierno. El nominalismo, o si se quiere usar un término bíblico, el ser tibio, es peligroso para el alma del que profesa y con demasiada frecuencia es ignorado en las iglesias. Considera algunas palabras de Jesús.

“Por tanto, buena es la sal, pero si aun la sal ha perdido su sabor, ¿con qué será sazonada? No es útil ni para la tierra ni para el montón de abono; la arrojan fuera. El que tenga oídos para oír, que oiga” (Lc 14:34-35).

“Entonces Jesús les dijo esta parábola: ‘Cierto hombre tenía una higuera plantada en su viña; y fue a buscar fruto de ella y no lo halló. Y dijo al viñador: ‘Mira, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo. Córtala. ¿Por qué ha de cansar la tierra?’’” (Lc 13:6-7)

“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, pero estás muerto” (Ap 3:1).

“Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de Mi boca” (Ap 3:16).

“El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí” (Mt 10:37).

Un profesante sin sabor tirado a la pila de estiércol. Una higuera infructuosa cortada. Una reputación vacía expuesta. Un sorbo de agua tibia escupido de la boca de Dios. Un amante tibio no bienvenido como discípulo de Cristo. Tiemblo al ver cuántos hombres y mujeres siguen tranquilamente la suave pendiente del deber religioso, e incluso de la pertenencia a una iglesia, hacia el infierno. Estos imitadores espirituales tenían cierto parecido con la gente cristiana de arriba, pero tenían su amor enraizado en este mundo de abajo.

Esqueletos profesantes

Lo que ha llegado a molestarme y, en mi opinión, debería molestarte, es que demasiados parecen no tener categoría para los profesantes sin vida en las iglesias. Parece que rara vez se les ocurre, incluso a algunos doctores en divinidad, que los directorios de las iglesias pueden contener nombres de muertos. Y mientras que ninguna iglesia local se constituirá perfectamente de los regenerados, mi problema es con los signos vitales no bíblicos que se consideran de por vida, permitiendo que el camino ancho se convierta en una autopista a través de las iglesias locales.

“Cuanto más vivo, y cuanto más me acerco al cielo”, escribe John Piper, “más preocupante es que tantas personas se identifiquen como cristianos, pero den tan pocas pruebas de ser verdaderamente cristianos”. Este es mi corazón. “Mi tristeza crece”, continúa, “cuando considero que puede haber millones de personas que se creen cristianos que van al cielo, que escapan del infierno, pero que no lo son, personas para quienes Cristo está al margen de sus pensamientos y afectos, no en el centro transformador. Personas que oirán a Jesús decir en el juicio: ‘Nunca te conocí; apártate de mí’ (Mt 7:23)” (¿Qué es la fe que salva?, 29).

¿Cuántas personas tenemos en nuestras iglesias que, año tras año, dan poca o ninguna evidencia de ser verdaderos cristianos? ¿A cuántos llamamos «hermano» o «hermana» en quienes Cristo está en el fondo de sus pensamientos y afectos? ¿Nos fijamos en ellos? Oh, considerar que tantos habrán perecido, no a pesar de las preguntas, súplicas y advertencias de la iglesia, sino felizmente en medio de una verdadera iglesia local con hombres buenos predicando. Ellos se desviaron al infierno sin ser molestados por los santos circundantes y finalmente desconocidos y no perseguidos por sus pastores.

Hay que arrepentirse de la tibieza en nuestras iglesias, no reforzarla con la permisividad. El gran y primer mandamiento, nuestro privilegio de volver a nacer, es amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro ser (Mt 22:37-38; Dt 30:6). Si desechamos este mandamiento en favor de nuestras propias normas para la vida cristiana, si apoyamos a los perdidos religiosos, insinuando que el conocimiento de la cabeza y la asistencia regular hacen a un cristiano, las iglesias locales pueden convertirse de todos los lugares en los más cómodos para los espiritualmente muertos.

Desequilibrio peligroso

¿Qué puede perpetuar este círculo vicioso? ¿Qué puede contribuir a que los miembros nominales se sientan tan a gusto en las comunidades cristianas? Creo que una tendencia en la que pueden caer las iglesias protestantes es exagerar la justificación y subestimar la regeneración.

Sobre enfatizar la justificación

Cuando todo gira en torno a la justificación, cuando la historia se detiene en lo que Cristo ha hecho fuera de nosotros en Su muerte sustitutoria, podemos inclinarnos hacia estándares permisivos de lo que constituye la membresía y el discipulado. Todo puede reducirse a un mero asentimiento cognitivo (estar intelectualmente de acuerdo con lo que Él hizo) y desviamos el énfasis en la «obediencia de la fe», en dar fruto de acuerdo con el arrepentimiento, o en la «fe que obra por el amor» (Ro 1:6; Mt 3:8; Ga 5:6); en otras palabras, la vida y las acciones de una fe viva.

«¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?» (Stg 2:14). Claro que puede: la salvación es solo por la fe. ¿Qué quieres decir? responden demasiados. Y al hacerlo, fomentamos una fe muerta, una que asiste y dice creer en ciertos credos, evita el escándalo público, pero no «se ocupa de su propia salvación» con gozo y temor o «se esfuerza… por alcanzar la santidad sin la cual nadie verá al Señor» (Fil 2:12; Heb 12:14), todo lo cual fluye de una verdadera justificación sólo en Cristo por medio de la fe solamente.

Una vida religiosa sin vida, sin pulso, sin pasión evidenciada en la asistencia rutinaria ¿es este el poder de Dios para la salvación? Nuestras confesiones responden claramente:

“La fe, que de este modo recibe a Cristo y descansa en Él y en Su justicia, es el único instrumento de justificación. Sin embargo, la fe no está sola en la persona justificada, sino que siempre está acompañada de todas las otras gracias salvadoras, y no es una fe muerta, sino que obra por amor” (Confesión de fe de Westminster, 11.2).

Subestimar la regeneración

«En verdad, en verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Jn 3:3). Jesús puso de cabeza el mundo de Nicodemo al enseñar que, en esta era del nuevo pacto, nadie estará en el cielo si no ha nacido de nuevo en la tierra.

Así es. Un cambio de corazón, un cambio de amor, un cambio de criatura debe ocurrir para que podamos estar en el cielo y, sin embargo, ¿cuántos conocen el poder de este cambio? Esperamos que la mayoría de los miembros de nuestras iglesias, pero nunca debemos perder de vista que nacer de nuevo se demuestra con el tiempo con frutos inconfundibles. Tal es la promesa del nuevo pacto dada a Ezequiel:

“Entonces los rociaré con agua limpia y quedarán limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos los limpiaré. Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes Mi espíritu y haré que anden en Mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente Mis ordenanzas” (Ez 36:25-27).

Dios nos dará un nuevo corazón, un nuevo amor, una nueva lealtad en este nuevo nacimiento. Por eso, Juan puede hacer afirmaciones tan rotundas en su primera epístola sobre cómo nuestra seguridad como cristianos está directamente relacionada con nuestras vidas de obediencia y amor a otros creyentes (1Jn 2:29; 3:9-10; 4:7; 5:1, 18).

«Una vez miembro, siempre miembro» es más sencillo, más limpio y más conveniente para pastores ya demasiado ocupados, pero también es más inseguro para ellos y para nosotros, en vista del gran Día en que estaremos con ellos y «daremos cuenta» de sus almas (Heb 13:17).

Muchos dirán en ese día

Muchos es una de las palabras más reconfortantes y aterradoras que salen de los labios de Jesús en los Evangelios. Aquí es la más aterradora:

“No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?’. Entonces les declararé: ‘Jamás los conocí; apártense de Mí, los que practican la iniquidad’” (Mt 7:21-23).

“Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos tratarán de entrar y no podrán” (Lc 13:24).

Muchos hombres y mujeres perdidos irán a ese gran día del juicio creyéndose salvos. Fueron a la iglesia; hicieron obras en Su nombre; lo llamaron Señor. Medita en esa idea un momento. ¿Puede haber algo más miserable, más chocante, más lamentable que uno de los nuestros o nosotros, gimiendo en completa incredulidad mientras los ángeles se lo llevan? “Pero Señor, ¡Tú eres mi Señor! Yo soy uno de Tus seguidores”.

Oh, antes de que sea demasiado tarde, resuelve ahora, hasta donde te alcance, no dejar que tu congregación duerma en su camino hacia el juicio. ¿No les diremos que vigilen, que estén alerta? ¿No los llamaremos a ese discipulado que se encuentra en el Nuevo Testamento? ¿No velaremos por sus almas en oración ferviente? ¿No los animaremos, exhortaremos, reprenderemos y tocaremos la trompeta de la palabra de Dios en sus oídos? ¿Escucharán ellos “Nunca te conocí” del Señor en el cielo después de que nosotros, sus pastores y compañeros miembros, no los conocimos en la tierra? ¿Seremos cómplices suyos sin saberlo?

Oh Señor, por nuestro bien y por el suyo, que no sea así.

Este artículo se publicó originalmente en Desiring God.

*Greg Morse es escritor del personal de desiringGod.org y se graduó de Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Abigail, viven en St. Paul.



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