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Por: John Piper

Este artículo forma parte de la serie: La providencia de Dios.

Providencia sobre el viento

Recuerdo un viaje de pesca de altura en la costa de Florida con mi padre cuando era niño. Estábamos pescando peces de gran tamaño. De repente, nubes oscuras se cernieron sobre nuestro barco, que estaba fuera de vista desde tierra, y empezó a llover, le pregunté al capitán si eso era peligroso para nosotros. Me dijo: “La lluvia no es problema; el barco está diseñado para que el agua solo corra por la cubierta”. Luego añadió: “Lo peligroso es el viento”. Por supuesto, el viento hace olas.

Sin duda, cuando Jesús alejó el peligro de las olas embravecidas que amenazaban a los discípulos en el mar de Galilea, en última instancia fue el viento que obedeció Su orden. Como hemos visto, Él gobierna las aguas. Pero una de las formas en que gobierna las aguas es gobernando los vientos:

Jesús se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Los hombres se maravillaron, y decían: “¿Quién es Este, que aun los vientos y el mar lo obedecen?” (Mt 8:26-27).

Él levanta los vientos tempestuosos y los tranquiliza

Dios gobierna los vientos. Ellos cumplen Sus órdenes. Cuando quiso cubrir la tierra de Egipto con langostas, “el SEÑOR hizo soplar un viento del oriente sobre el país todo aquel día y toda aquella noche. Y al venir la mañana, el viento del oriente trajo las langostas” (Ex 10:13). Y cuando Sus propósitos se completaron, “el SEÑOR cambió el viento a un viento occidental muy fuerte que se llevó las langostas y las arrojó al Mar Rojo” (Ex 10:19). Y cuando terminó de contener las aguas del mar para que Su pueblo pudiera pasar en seco, convocó al viento para que terminara su juicio sobre el ejército de Faraón: “Soplaste con Tu viento, los cubrió el mar; se hundieron como plomo en las aguas poderosas” (Ex 15:10).

Los vientos tempestuosos son las amenazas mortales para los que salen al mar en los barcos. Y el cese de esas tormentas es dulce. El Señor ordena ambas cosas:

Los que descienden al mar en naves Y hacen negocio sobre las grandes aguas,

Han visto las obras del Señor Y Sus maravillas en lo profundo.

Pues Él habló, y levantó un viento tempestuoso

Que encrespó las olas del mar… En su angustia clamaron al SEÑOR Y Él los sacó de sus aflicciones.

Cambió la tempestad en suave brisa

Y las olas del mar se calmaron (Sal 107:23-25, 28- 29).

Las nubes, los relámpagos, todas las ráfagas de viento son almacenados por el Señor, por así decirlo, en Sus almacenes, y sacados cuando Él lo considera oportuno para Sus propósitos:

Todo cuanto el SEÑOR quiere, lo hace, En los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos.

Él hace subir las nubes desde los extremos de la tierra,

Hace los relámpagos para la lluvia

Y saca el viento de Sus depósitos (Sal 135:6-7).

Y cuando los saca de Sus almacenes, les da órdenes y ellos cumplen cada una de Sus palabras:

Alaben al SEÑOR desde la tierra, Monstruos marinos y todos los abismos; Fuego y granizo, nieve y bruma;

Viento tempestuoso que cumple Su palabra (Sal 148:7-8).

Fragmentos tomados del libro «Providencia» de John Piper, pág 246 – 247. Para saber más de este libro HAGA CLIC AQUÍ.

Foto de Zdeněk Macháček en Unsplash


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