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Por: J.C. Ryle

Lea: Mateo 28: 11-20

La obediencia que Jesús espera de todos aquellos que profesan ser sus discípulos. Les dice a los Apóstoles que les enseñen que guarden todas las cosas que Él les ha mandado.

Esta expresión es muy penetrante. Muestra que no sirve para nada tener meramente el nombre de cristiano y la imagen de serlo; muestra que solo se debe considerar auténticos creyentes a aquellos que viven obedeciendo en la práctica su Palabra y se esfuerzan por hacer las cosas que Él ha mandado. El agua del bautismo y el pan y el vino de la Cena del Señor no podrán, por sí solos, salvar el alma de ningún hombre. No nos sirve de ningún provecho acudir a un lugar de culto y escuchar a ministros de Cristo y asentir al Evangelio, si nuestra religión se reduce únicamente a estas cosas. ¿Cómo son nuestras vidas? ¿Cómo es nuestra conducta diaria, en casa y fuera de ella? ¿Es el Sermón del Monte nuestra regla y nuestra guía? ¿Nos esforzamos por imitar el ejemplo de Cristo? ¿Procuramos hacer las cosas que Él mandó? Estas preguntas deben recibir de nuestra parte una respuesta afirmativa, si queremos estar seguros de haber nacido de nuevo y de ser hijos de Dios. La obediencia es la única prueba de la autenticidad de la fe. Por sí sola, “la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26; cf. 2:17, 20). “Vosotros sois mis amigos —dice Jesús—, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14).

*John Charles Ryle fue un obispo evangélico anglicano inglés. Fue el primer obispo anglicano de Liverpool y uno de los líderes evangélicos más importantes de su tiempo.


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