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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

Todos los días te predicas a ti mismo un tipo de evangelio —el falso evangelio: “Yo no puedo hacer esto”, o el verdadero evangelio: “Tengo todo lo que necesito en Cristo”.

A menudo me encuentro diciéndome esto a mí mismo. Cuando lo hago, las personas casi siempre se ríen, aunque lo diga muy en serio. No hay nadie que sea más influyente sobre tu vida que tú mismo, ya que nadie habla contigo más que tú mismo. Es un hecho que, tanto tú como yo, estamos en una interminable conversación con nosotros mismos. La mayoría de nosotros hemos aprendido que es mejor no mover los labios porque las personas pensarán que estamos locos, pero nunca dejamos de hablarnos a nosotros mismos. En esta discusión interna, siempre estamos hablando de Dios, de la vida, de otros y de nosotros mismos, y las cosas que nos decimos a nosotros mismos son muy importantes porque son formativas en las cosas que deseamos, escogemos, decimos y hacemos. ¿Qué es lo que te has estado diciendo a ti mismo? ¿Qué es lo que te has estado diciendo de ti mismo? ¿Qué te has estado diciendo sobre Dios? ¿Qué es lo que te has estado diciendo sobre la vida, su significado y propósito, lo correcto e incorrecto, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo?

En el Salmo 42 se nos da la oportunidad de escuchar a escondidas la predicación privada de un hombre. Sí, has leído correctamente; tal como nosotros, el salmista siempre está predicándose a sí mismo una clase de evangelio. Podemos predicarnos a nosotros mismos un evangelio de soledad, pobreza e incapacidad, o bien, podemos predicarnos el verdadero evangelio de Dios de poder, provisión y perdón. Puedes predicarte a ti mismo un evangelio de temor e intimidación o uno que te dé valor y esperanza. Puedes predicarte a ti mismo un Dios distante, pasivo e indiferente, o un Dios cercano, cuidadoso y activo. Puedes predicarte un evangelio que cause que descanses en Su sabiduría o un evangelio que te cause temor y confusión.

Hoy, cuando sientas que nadie te entiende, ¿qué evangelio te predicarás? Al enfrentar una enfermedad, al perder un trabajo o un amigo, ¿qué mensaje te dirás? Cuando estés tentado a temer o desconfiar, ¿qué te dirás? Cuando tu vida parezca dura e injusta, ¿qué evangelio te predicarás? Cuando la crianza de los hijos o tu matrimonio sea difícil y abrumador, ¿qué te darás a ti mismo? Cuando tus sueños parezcan estar fuera de tu alcance, ¿qué te predicarás a ti mismo? Cuando te enfrentes a un deseo que pensaste que nunca enfrentarías, ¿qué evangelio abrazarás?

Realmente es cierto, nadie te habla tanto como tú. Así que, Dios, en Su gracia, te ha dado Su Palabra para que puedas predicarte a ti mismo la verdad en esos momentos en los que el único que habla eres tú.

Para profundizar y ser alentado: Salmo 42


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