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Por: Paul D. Tripp.

Este artículo forma parte de la serie: «Nuevas Misericordias cada mañana» de Paul D. Tripp

La gracia de Dios no solo te provee lo que necesitas, sino que también te transforma en lo que Él, en Su sabiduría, te destinó a ser.

¿Qué es lo que más necesitas? No, no es aquella joven o ese coche nuevo en los que has puesto tus ojos. No es esa promoción en tu trabajo que has luchado por conseguir o esas vacaciones que has soñado. No, no es el deseo de bajar ese peso que sabes que debes perder o la disciplina para salir de una deuda. No es un círculo íntimo de amigos o una iglesia sólida a la cual asistir. No es la sanidad de un padecimiento físico o la restauración de tu familia distanciada. No es la liberación de adicciones, temores, depresión o preocupaciones. Todas estas cosas son muy importantes por sí solas, pero ellas no representan tu necesidad más grande. Hay una cosa que todo ser humano necesita desesperadamente, sea que esté consciente de ello o no. Esta necesidad llega al corazón de quién eres y al corazón de lo que Dios diseñó que fueras e hicieras.

Tu más grande necesidad (y la mía) es una completa relación restaurada con Dios. Fuimos creados para vivir en unión con Él. Fuimos creados para amarlo. Fuimos diseñados para vivir para Su gloria. Si aún sigues viviendo en una relación rota con Él, estás fracasando en el propósito fundamental de tu existencia. Así que, Dios, en Su gracia, creó una manera a través de la vida, muerte y resurrección de Su Hijo, para que esa relación esencial fuera restaurada. A través de Él recibimos nuevamente el acceso al Padre. A través de Él hemos sido injertados a la familia de Dios.

Pero Dios hizo más que eso. Además de ser restaurados ante Dios, necesitamos enfrentar la realidad de nuestro pecado presente. El pecado no solamente nos separó de Dios, sino que además nos dejó estropeados. El daño del pecado se extiende a cada aspecto de nosotros. Dios no solo suple nuestras necesidades más profundas, también se ha comprometido a largo plazo a transformar nuestra vida y nuestro corazón. Él no quedó satisfecho con el hecho de que fuéramos restaurados, sino que ahora obra en nosotros para que seamos más como Él es. Pablo lo dice de esta manera: “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo” (Romanos 8:29).

Dios te acogió en Sus brazos, pero no está satisfecho. No abandonará Su obra de redención hasta que todos los corazones de cada uno de Sus hijos sean completamente transformados por el poder de Su gracia. Ahora que hemos sido restaurados por gracia, esa misma gracia nos transforma día por día a Su imagen.

Para profundizar y ser alentado: 2 Pedro 1:3-11


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